El "torreteniente" con Mal de Diógenes
Su padre tenía un negocio en Melo, su madre era maestra y él era profesor de historia.
Con alrededor de 30 años se mudó por primera vez al Salvo. Según contó a El País, una amiga le dijo que se vendía un apartamento a un precio accesible. El administrador de ese momento lo llevó hasta una cúpula del piso 19. No tenía baños y estaba en "condiciones inhabitables". No le importó.
¿Cómo logró terminar con tantas propiedades en el edificio? García Viera no era una persona que viniera de una familia millonaria, pero su esposa "venía de una familia de buen pasar". Era una mujer italiana "brillante" y el "amor de su vida", cuenta a El Observador Erich Schaffner, que conoció a García Viera en los últimos años de su vida.
"Durante años, juntos fueron comprando y anexando unidades de apartamento en los pisos 17,18 y 19 de la torre del Salvo", explica.
Sanguinetti, por su parte, recuerda que la mujer, Renata Gerone, llegó al Uruguay como agregada cultural de Italia.
"Fue luego directora de la sociedad Dante Alighieri y de otras instituciones culturales italianas en Uruguay", añade el expresidente en diálogo con El Observador.
El propio García Viera había contado que era diplomática y que eso incluso le permitió vivir situaciones increíbles, como conocer a Christian Dior. Según dijo años atrás a El País, el diseñador de moda francés le regaló una corbata azul y amarilla. "Lo conocí por mi mujer en París. Ella era diplomática y le gustaba vestirse con él", contó.
Cuando ella ya estaba enferma de Alzheimer, García Viera se mudó a un apartamento en la calle Río Branco. Pese a dejar de vivir en el Salvo, él siguió visitándolo.
Su espacio allí "estaba demasiado lleno de cosas, al punto de que no se podía transitar por ciertos sectores de los apartamentos". "Era un coleccionista incurable", dice Schaffner y lo respalda con fotos.
Piso de Abelardo García Viera en el Palacio Salvo
Foto: Cedida a El Observador
Piso de Abelardo García Viera en el Palacio Salvo
Foto: Cedida a El Observador
Piso de Abelardo García Viera en el Palacio Salvo
Foto: Cedida a El Observador
"Tenía varios apartamentos que había unido y a los cuales no se podía entrar porque tenía libros y objetos hasta el techo", dice Sanguinetti. "Vivía en los remates, pa' un lado y pa'l otro, a la caza de cualquier objeto, cualquier cosa que él estimara. Pero fundamentalmente tenía una cantidad de libros... No se puede hablar ni de biblioteca porque eran pilas hasta el techo. Era una cosa fantástica. Yo le decía que no encontraba nada, pero él decía que sí, que encontraba todo", continúa el dos veces presidente.
Entre su colección tenía una escultura en mármol de Auguste Rodin.
"Algunos han dicho alguna vez que tenía el Mal de Diógenes", acota William Rey, presidente de la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación, que el propio García Viera integró. "Es verdad que era bastante compulsivo en las compras. Y también a veces exigía mucho para que el Estado comprara ciertos bienes que, de repente, en algunos casos no eran necesarios o inmediatos de comprarlo", comenta a El Observador.
García Viera no tuvo hijos y tampoco tenía hermanos. "No tenía herederos", dice Schaffner. "Él planeaba vivir hasta los 120 años y seguir ampliando su dominio territorial en el Palacio, anexando más apartamentos".
"Desde su cama en el Salvo, la cual había elevado sobre una plataforma, a modo de alcoba real, se podía tener una vista panorámica de la bahía de Montevideo y el Cerro".
Él mismo llegó a llamarse torreteniente.
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La vista de la Plaza Independencia desde lo alto del Palacio Salvo
Al rescate del Palacio Salvo y del patrimonio uruguayo
Cuando Sanguinetti era ministro de Educación y Cultura, en 1972, se fundó la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación. Su primer presidente fue Pivel Devoto y estuvo con él su colaborador.
Según Schaffner –que preside la ONG Patrimonio Activo–, fue García Viera quien "promovió la mayor declaratoria de monumentos históricos nacionales en la historia del país".
"Él en su momento comenzó con esa iniciativa de hacer declaraciones a inmuebles que se encontraban tanto en Montevideo como en el interior del país y era experto en fecharlos. Construcciones en ciudades del interior que pasarían por desapercibido y se hubiesen perdido de no haber sido declaradas, hoy están protegidas y reconocidas", asegura.
García Viera cuidó siempre el patrimonio del país y asumió la presidencia del Salvo (monumento histórico nacional) cuando en 2012 estaba "totalmente quebrado", endeudado, sin "siquiera plata para pagar a los funcionarios", dice el actual gerente general del edificio y exportero, Maximiliano Patrón.
El edificio sufría el "ostracismo" de administraciones anteriores que tenían "gente malintencionada".
García Viera asumió la presidencia de la comisión del edificio, que es una sociedad anónima. Estuvo aproximadamente dos años en ese puesto. Negoció las deudas con la intendencia y con el Banco Hipotecario. El edificio logró salir de sus crisis económica gracias a la promesa de que se restauraría, tanto en su interior como en su fachada. Ese proceso lo comenzó García Viera y todavía continúa.
En sus diferentes presidencias de la comisión del edificio, nunca olvidó aquella imagen que lo impresionó en la niñez: quería que el Palacio Salvo mantuviera su apariencia original, con la que se inauguró en 1928.
Se obsesionó con los antiguos portones de hierro fundido. En 1949 la familia Salvo los había retirado para llevarlos a un establecimiento rural en Río Negro.
Cuando asumió como presidente en 1970, le pidió los portones a Hugo Romay Salvo –entonces dueño del edificio y uno de los accionistas de Canal 4–. "Romay me dijo que cuando se vendiera la cabaña los iba a devolver. Tomé la presidencia por segunda vez en 1990, se los volví a pedir y me dijo que la cabaña todavía no se había vendido", contó en su momento.
En 2012, otra vez presidente, García Viera le pidió a la comisión del Salvo que retiraran la antena de Canal 4, que estaba fuera de uso. Estaba en la cúpula del edificio, con poco mantenimiento. Estaba en peligro su estructura y además dañaba estéticamente al Salvo.
"Cuando comenzamos a sacar la antena paré a Hugo Romay frente a un ventanal y me dijo con los ojos desorbitados: '¿Cómo que estás sacando la antena?'", recordó García Viera. Lo puso al tanto de cómo estaba estructuralmente el aparato y negociaron que Romay devolvería los portones si García Viera se hacía cargo de los $300 mil que saldría retirarla.
Pero hubo un problema. "Habían robado los portones", contó García Viera. Romay le dijo que no se preocupara, que iba a cumplir con su palabra. "Y contrató a una persona que los empezó a buscar. Entonces descubrieron que estaban en Soriano, Dolores, en un campo y semienterrados", siguió.
Portones del Palacio Salvo
Foto: El Observador
La historia ilustra la personalidad activa de García Viera. Según el actual gerente del edificio, "vivía constantemente en movimiento".
"Si él tenía que remangarse y ayudar a armar una exposición, lo hacía. Si tenía que ir a la azotea a destapar un desagüe porque había poco funcionarios en ese momento, lo hacía", asegura.
Dice que no solo se preocupaba porque el edificio funcionara bien, sino también por cómo estaban los trabajadores. El exportero llegó a hacerse amigo de García Viera y lo quería, pero entiende que entre las más de 1.500 personas que viven en el edificio, podía generar otros sentimientos.
"A él lo querías y lo amabas, o no lo querías directamente. No había término medio. Era una persona encantadora, pero también si tenía que enojarse porque no le gustaba algo, porque una persona procedió mal con otra, se enojaba y se enojaba fuerte", cuenta.
Schaffner dice que "para con sus amigos era una persona sumamente accesible". Pero... "A ver, había mucha gente que le hablaba o lo llamaba por interés para ver si vendía los pisos del Salvo y a él obviamente, cuando le hacían esas llamadas, no le gustaba".
Juan Carlos Islas, secretario del directorio cuando García Viera fue presidente del Salvo en 2012, fue quien lo cuidó los últimos días que estuvo internado. Lo conoció hace unos 30 años, cuando todavía trabajaba de odontólogo y tenía su consultorio en el edificio emblemático. Dice que era un "tipo sumamente histriónico" con "una mente prodigiosa", aficionado a la lectura y la historia.
"No padecía ninguna enfermedad y no tomaba remedios, pero desde que murió su esposa, él la atendió algunos años que tuvo Alzheimer, quedó psicológicamente disminuido y emocionalmente medio deprimido. Pero salió adelante comprando cosas en los remates, en Zorrilla, en Bavastro, en Castells, hasta hace un mes", cuenta Islas.
Su muerte fue como pasar "de un sueño al otro".
Abelardo García Viera señala hacia el Palacio Salvo en una visita al Palacio Legislativo en 2020
Foto: Cedida a El Observador
Dos anécdotas de Abelardo García Viera
García Viera y su esposa, la siciliana Gerone, "eran dos personajes que muchas veces resultaban llamativos por su presencia, por cómo se vestían", dice William Rey.
Lo pintoresco que era él se percibe a través de diferentes anécdotas.
Una de ellas cuenta que había encontrado en el remate Gomensoro y Castells un water "decorado". Le pareció "bastante extraño" y una "pieza bastante única", así que lo compró.
Llevó el water por su propia cuenta, pero al llegar a la Plaza Independencia se cansó, lo dejó en el piso y se sentó ahí. Era plena dictadura. "Unos soldados se le arrimaron y lo querían llevar preso", cuenta Rey.
Otra historia, que apunta a un rasgo de su persona, la dejó una fotografía "emblemática" con la que se volvió a encontrar años después.
"Fue siempre un colorado activo", sostiene Sanguinetti. "Y en todos los años de nuestra vida política estuvo muy cerca, siempre colaborando, contribuyendo".
"Hay una foto emblemática. Está muy reproducida por todos lados", dice el expresidente al referirse al momento que capturó el fotógrafo Leo Barizzoni.
Era 1° de marzo de 1995, Sanguinetti y Hugo Batalla asumieron como presidente y vicepresidente de la República. Ambos, amigos de García Viera, saludaron hacia el Palacio Salvo.
"Estamos todos saludando de arriba porque había colgado una bandera colorada gigantesca, que sacudía allá arriba", recuerda el expresidente.
En 2021, durante la muestra ExpoDemocracia que hizo Ceres en la Plaza Independencia, el torreteniente se reencontró con la fotografía. Y así protagonizó una nueva, que lo inmortalizó apuntando hacia el lugar donde siempre supo estar.
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