Más estudiantes dentro del sistema, pero menos presentes: el desafío educativo tras la pandemia según informe del Ineed
La universalización subió hasta los 14 años, hay menos “ni-ni”, pero la culminación del bachillerato está más de una década lejos de concretarse a este ritmo
18 de marzo 2026 - 5:00hs
El estado de la educación
Joaquín Ormando
La educación en Uruguay está llena de slogans. El 6% del PIB para la educación. Los Centros María Espínola, un modelo a imitar. El país está entre las peores tasas de egreso del bachillerato de toda América Latina, apenas supera a países como Hondura o Guatemala. Pero un nuevo informe del Instituto Nacional de Evaluación Educativa (Ineed) se encara de poner en cuestionamiento, sin proponérselo, esa batalla de relatos y datos analizados según a quién le convenga.
Esta nueva edición del Informe del Estado de la Educación aborda los dos años posteriores a la emergencia sanitaria del covid-19. Muestra cómo cayó la repetición —en parte por la inercia y en parte por cambios de reglamento—, cómo eso mejoró el tránsito y cómo el sistema está recuperando alguno de quienes antes expulsaba.
Tanto es así que antes se decía que la educación obligatoria en Uruguay solo era universal en Primaria. Ahora también lo es en las edades que teóricamente debieran cursar la educación media básica (de 12 a 14 años).
Y ahí empiezan a verse algunas rupturas de slogans. A los 15 años, edad en que se dan las pruebas PISA, Chile y Uruguay tiene casi la misma cantidad de alumnos inscriptos en centros educativos. Ambos países obtienen casi los mismos resultados en las pruebas. Pero mientras en Chile se gradúan del bachillerato más del 90%, en Uruguay lo hace el 56%.
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Esta misma gráfica permite complejizar otro relato: aquello de que Uruguay está en el podio de los peores egresos si se lo compara con países como Guatemala. En Guatemala, a los 15 años (la edad de la pruebas PISA) menos del 50% de los adolescentes están en el sistema (solo llega una elite). Por lo cual es imposible que su graduación del bachillerato supere a Uruguay o cualquier otro de la región.
Otra forma de verlo es cuántos años de estudio tienen los adultos de 24 a 65 años. Y ahí figura cómo Nicaragua, otro con los que se compara Uruguay en esos relatos, tiene casi un 38% que cursó menos de un lustro.
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El informe del Ineed (que por normativa debió publicarse a fines del año pasado y no recién ahora) muestra que el egreso mejora lento. Aquella meta que se había fijado la última administración de Tabaré Vázquez, que volvió a insistir la de Luis Lacalle Pou y ahora la de Yamandú Orsi (de que el 75% de los jóvenes de 21 a 23 años tengan la enseñanza obligatoria finiquitada) a este ritmo (y sin tener en cuenta posibles medidas en el medio) recién se cumplirá en 2035.
La buena noticia, no obstante, es que en este aumento de la cobertura es más viable encontrar adolescentes de 17 años dentro del sistema. Si en 2006, cuando el país arrastraba las secuelas de la crisis de 2002 (y empezaba a hablarse de nuevas reformas educativas), uno de cada cinco jóvenes de esas edad no estudiaba ni trabajaba (se los llamaba “ni-ni”), la cifra fue mejorando y en 2024 ya cayó a menos de uno cada 10.
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Y cambió a esto:
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¿Es cuestión de recursos económicos?
“El nivel de gasto de Uruguay se ubica en el rango definido por la Unesco. Si se lo pone en perspectiva con los resultados analizados previamente, parece razonable pensar en la necesidad de un gasto educativo no solo más alto sino también más eficiente”. Esa es parte de la síntesis del Ineed.
Pero lo no dicho, aunque sí aparecen en los gráfico, es que la mayor relación entre los resultados educativos y la inversión no se mide en el porcentaje del PIB (en el famoso 6% en educación + 1% para investigación). La clave está en el gasto por alumno, en el PIB per cápita llevado a la enseñanza.
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Para poner extremos de dos países que invierten cerca del 6% del PIB en educación: Reino Unido y Brasil. Sin embargo, en el primero la inversión medida por alumno es de 17.000 dólares y en el otro de 4.300. Eso explica no solo resultados, sino también menor desigualdad en sistemas que tienen que ver dónde priorizan cada centavo.
Y ahí viene el otro “tirón de orejas” que los sucesivos informes del Ineed le dan al estado de la educación en Uruguay: “La educación, y especialmente la pública, enfrenta el desafío de trabajar con una proporción relevante de niños y adolescentes que provienen de hogares pobres (…) los altos niveles de segregación entre centros educativos del país refuerzan el desafío, ya que generan grupos de pares homogéneos entre sí”; como si fueran guetos. En Uruguay, como pasa en Brasil, “el proceso educativo amplifica las diferencias esperadas entre los estudiantes”.
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Pese a ello, viene mejorando el tránsito y cobertura de los más pobres. Ahora se duplicó en una década la cantidad de alumnos del quintil más vulnerable que se gradúa. Pero siguen siendo solo dos cada 10 (cuando la enseñanza es, por ley, obligatoria hasta el fin del bachillerato).
Como apuesta, la gestión anterior hizo énfasis en los centros María Espínola para mejorar aprendizajes y reducir la inequidad. No fueron una gran innovación (lo dice el mismo informe), porque ya UTU tenía propuestas similares. Pero del monitoreo que hace el Ineed (a falta de una evaluación) indican “una leve menor desvinculación en estas instituciones que en un conjunto de centros comparables, sin que se observen diferencias en la evolución de la promoción”. No son un sacudón al sistema.
Y hay otras cuestiones que la plata sola no arregla. En el período analizado, las faltas a clase fueron el talón de Aquiles. Creció el ausentismo crónico. Bajaron los promedios en todos los niveles socioeconómicos. Fue algo que venía mal antes de pandemia y la pandemia agravó. Pero a diferencia de lo que sucedió en otros países, dice Ineed, en Uruguay la recuperación está siendo más costosa.
El Observador incluso supo que el promedio de días asistidos en Primaria el último año (que excede al período analizado por el Ineed), sigue por debajo de la pre-pandemia. Es cierto que se incrementaron los días lectivos, pero no tanto como para mover la aguja y que esa sea la explicación absoluta.
Hay más cobertura y más tránsito, pero con menos niveles de asistencia.