21 de marzo 2024 - 5:02hs

Por tercer año consecutivo, en Uruguay murió más gente de la que nació: 34.677 fallecidos frente a 31.381 nacidos vivos registrados. Pero el informe preliminar de mortalidad y natalidad que elaboró el Ministerio de Salud Pública —al que tuvo acceso El Observador— muestra que el 2023 fue diferentes a los años anteriores.

Los nacimientos cayeron, pero lo hicieron más suave que antes. Tras dos años de exceso de muertes —en que los fallecidos superaron a los que cabría esperarse por el promedio histórico—, las defunciones volvieron a los niveles prepandémicos. Y la mortalidad infantil trepó a valores que no se veían desde hace una década.

A continuación, tres curiosos resultados de la marcha de la población uruguaya en el último año:

La ultra baja fecundidad

En Uruguay tendrían que haber nacido el año pasado más de 44.000 niños. Eso estimaban los demógrafos cuando proyectaron la población uruguaya tras el censo de 2011. Pero el país tuvo una “gran caída” de la natalidad que les significó quedar en niveles “ultra bajos” de fecundidad: 1,24 hijos por mujer en edad de ser madre. Es la más pequeña de la historia.

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La demografía, en tanto ciencia que estudia la población humana en continuo cambio, dice que se requieren 2,1 hijos por mujer en edad fértil (entre 15 y 49 años) para que exista un reemplazo poblacional.

Más de la mitad de los países en el mundo están por debajo de esa tasa de reemplazo. Uruguay fue uno de los primeros en América Latina en cruzar ese umbral, pero lo curioso es que la cantidad de hijos por mujer en edad de ser madre decreció tanto que ahora se encuentra entre un puñado de países de extrema baja fecundidad.

Ese puñado de países —entre los que está Uruguay— se cuenta con los dedos de las manos. Hasta Japón —donde el “susto” por la falta de niños llevó a que el gobierno implementase con escaso éxito un plan millonario para incentivar que las parejas tengan más hijos— está con una tasa global de fecundidad más alta que Uruguay.

Entonces empiezan los miedos y los mitos: la “seguridad nacional” está amenazada por la baja de niños, o “vamos camino a la extinción”, o va a “colapsar” el sistema de cuidados, o nadie va a pagar las jubilaciones, o…

No son discursos nuevos. Cuando el dictador italiano Benito Mussolini dio su famoso sermón de Ascensión, en 1927, dedicó la tercera parte de su discurso a la marcha poblacional. Fue entonces que dijo una frase que, cada tanto, los políticos —en especial lo más apocalípticos— repiten: “Todas las naciones y todos los imperios han sentido el mordisco de su decadencia al ver disminuir el número de sus nacimientos”.

Pero el informe del Ministerio de Salud Pública de Uruguay revierte esa imagen oscura. Casi la cuarta parte de la reducción de los nacimientos del último año se debió a la baja del embarazo en niñas y adolescentes.

Hace menos de una década —léase un soplo en términos históricos— Uruguay contaba con una tasa de fecundidad en adolescentes similar a Burundi, Cabo Verde o Kenia (por mencionar tres países africanos). Ahora, en cambio, la cantidad de nacidos vivos de madres adolescentes cayó a niveles inferiores que los que registran países europeos como Hungría, Moldavia o Rumania. 

La otra salvedad que hace el informe oficial —ante las miradas de los espantados— es que evidencia una desaceleración en la caída de los nacimientos. Es decir: cada vez nacen menos niños, pero la magnitud con la que se da esa baja se está achicando (el último año fueron 920 nacimientos menos, lo que implica una reducción del 3% en un año).

La duda que ahora tienen los demógrafos es si esa baja se va a desacelerar tanto que, en algún punto, habrá un efecto rebote: crezcan los nacimientos. Pero las certezas son pocas, sobre todo si se tiene en cuenta que el último año cayeron los nacimientos en todas las edades (salvo en las mayores de 45 años). Eso significa que algunas mujeres están postergado la edad con la que tienen a sus hijos, pero otras han optado por no ser mamás.
 

Muertes esperables

Como decía el caricaturista mexicano José Guadalupe Posada, “La muerte es democrática, ya que a fin de cuentas, rubia, morocha, rica o pobre, toda la gente acabaría siendo calavera”. Solo que, en las marchas de las poblaciones, es esperable que se mueran algunos antes que otros.

Los más veteranos tienen más chances de fallecer antes que los más jóvenes. Los varones cuentan con más posibilidades de morirse por causas violentas que las mujeres. Y así…

De esa forma, según la conformación de una sociedad, puede estimarse una cantidad de fallecidos “esperable” cada año. En Uruguay esa cifra —a esta altura del siglo XXI— está cerca de las 34.000 defunciones por año.

Pero la pandemia del covid-19 había alterado la lógica. Un virus ocasionó muertes por una infección que antes no figuraba en los catálogos de medicina, la reducción de la atención sanitaria hizo que algunas enfermedades crónicas quedasen un tanto olvidadas, y por dos años (y unos meses) hubo miles de muertes en exceso.

Según el informe del MSP, las muertes volvieron a la normalidad (lo esperable) en 2023. Y esa baja se notó en casi todas las causas de muerte (a excepción de las malformaciones congénitas y otras que derivaron en un aumento de la mortalidad infantil).

Dicho de otro modo: si los nacimientos no hubiesen seguido su tendencia a la baja —y por ejemplo hubiese quedado estancado en los números de hace solo tres años atrás—, la cantidad de nacidos vivos sería casi idéntica a la de fallecidos (crecimiento vegetativo nulo, como le llaman los técnicos).

Una de las alertas que arroja (sin decirlo) el estudio preliminar de mortalidad 2023 es que las muertes inclasificables ocupan cada vez más una porción más grande entres los fallecidos registrados. Hace diez años, por ejemplo, la causa de muerte del 8% de quienes fallecían en Uruguay era un misterio (no entrada en ninguna causa concreta y clasificable). Ahora está cerca del 14%. O, para decirlo más sencillo, una de cada siete muertes acontecidas en el país en el último año son —a juzgar por la causa que la ocasionó— un misterio.

La otra advertencia es que volvió a subir la mortalidad infantil.

Muerte no menor

La infanta María Cristina, la tercera hija de la reina Isabel II, falleció por una “debilidad nerviosa” al tercer día de haber nacido. Era enero de 1854 y la Familia Real le encomendó a uno de los mejores artistas de la época que realizara una escultura en honor a la difunta. Era raro que muriera un recién nacido y eso que todavía fallecían más de 100 cada 1.000 nacidos vivos. “Las vacunas, los antibióticos, el agua potable y al saneamiento hicieron caer de manera asombrosa las muertes de niños”, había explicado el neonatólogo Daniel Borbonet.

Cuando entró el siglo XXI, Uruguay ya registraba 14 muertes de menores de un año cada 1.000 nacidos vivos. Pero “le mejora de las condiciones de vida, la baja de la desnutrición, la exigencia del carné de vacunación, los controles del embarazo y durante los primeros meses de vida hicieron que se hayan controlado aún más los factores modificables que llevaban a esas tempranas muertes”, había complementado el pediatra Gabriel Peluffo.

Tanto es así que 2020 acabó con la mortalidad infantil más baja desde que existe registro: 6,2 muertos cada 1.000 nacidos vivos menores de un año. Es una cifra idéntica a Estados Unidos o Rusia, “y ya muy difícil de seguir bajando porque inciden las patologías congénitas y la prematurez”.

Pero 2023 dio un revés. Hubo un aumento de las muertes de menores de un año (fueron 229 en total) y encima habían caído los nacimientos. Por lo cual, la mortalidad infantil volvió al peor registro desde 2016.

¿Por qué se elevaron las muertes de estos menores de un año? Crecieron los casos de mortalidad por enfermedades congénitas, infecciones respiratorias, las afecciones del período perinatal y las muertes súbita del lactante.

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