La alegría del Evangelio” es el título que el papa Francisco eligió para darle a su primera exhortación apostólica, una que fue preparada con exhaustividad y que en cierta medida se puede tomar como un documento programático de quien asumió el pontificado en marzo de este año.
“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación”, comenta en un pasaje de la carta el papa, con cierto aire al sueño de Martin Luther King. El documento está encabezado “a los obispos, a los presbíteros y diáconos, a las personas consagradas y a los fieles laicos” y a lo largo de sus 222 páginas sugiere “los caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años”. Recoge, asimismo, las conclusiones del último sínodo sobre la nueva evangelización, encuentro que se celebró en octubre de 2012 bajo el pontificado de Benedicto XVI.
El texto tiene cinco capítulos y el primero está dedicado a la transformación misionera de la Iglesia. El segundo es sobre la crisis del compromiso comunitario, el tercero encara el anuncio del Evangelio, el cuarto se centra en la dimensión social de la evangelización y el último es sobre los evangelizadores.
Ayer, en la presentación del texto, el arzobispo Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, comentó que el contenido del nuevo documento se podría resumir en una frase: “Exhortación apostólica escrita bajo la luz de la alegría con el fin de redescubrir la fuente de la evangelización en el mundo contemporáneo”. El texto, agregó, es “una invitación a recuperar una visión profética y positiva de la realidad, sin por ello dejar de ver las dificultades. El papa Francisco infunde valentía e invita a mirar hacia adelante no obstante el momento de crisis, haciendo una vez más de la cruz y de la resurrección de Cristo la ‘insignia de la victoria’”.
Uno de los primeros llamados del papa –y definitivamente el que ayer tuvo más eco en la prensa internacional generalista– es su evocación a la Iglesia a “salir” de sí misma y encontrar a otros. La palabra clave, aplaudida por los espectadores externos, es “reforma”. “La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta”.
El éxtasis de los comentaristas llegó cuando leyeron la expresión “conversión del papado”, algo que Francisco considera necesario para que sea “más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización”.
Otro aspecto que logró captar atención fueron las líneas que dedicó el pontífice a la constatación de que “todavía no se realizó plenamente” “una saludable descentralización” que llevaría a que las conferencias episcopales tengan un rol más preponderante en “el afecto colegial”. Con esto, retomó una idea del Conciclio Vaticano II en la que ya había insistido el papa Juan Pablo II en Ut unum sint, encíclica de mayo de 1995. Ahora, además, Francisco pidió no tener miedo a revisar algunas costumbres eclesiásticas, pero aclaró que esto no se aplicaría para aquellas “directamente ligadas al núcleo del Evangelio”.
Menos aduana y más paternidad
Aunque cualquier intento por reducir un documento eclesiástico de más de 200 páginas a una carilla del diario resulte parcial, cabe destacar el lugar que Francisco le dedica a la caridad, virtud fundamental del cristianismo. Así, en palabras de Fisichella, el papa hace un pedido a “evidenciar la ‘jerarquía de las verdades’ y su adecuada referencia con el corazón del Evangelio. Esto impide caer en el peligro de una presentación de la fe hecha solo a la luz de algunas cuestiones morales como si ellas pudieran prescindir de su relación con la centralidad del amor”. Fuera de esta perspectiva, redactó el pontífice, “el edificio moral de la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes, y este es nuestro mayor peligro”.
En esta línea, el papa pide que la Iglesia no sea “una aduana, sino la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”, y recuerda –con palabras de San Ambrosio– que la eucaristía “no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles”. En este punto muchos comentaristas mencionaron el caso de los divorciados vueltos a casar –que no pueden comulgar–, asunto que se abordará en el sínodo de obispos que se celebrará en octubre de 2014.
Las “guerras” internas
Parte de la carta también está dedicada a las “tentaciones de los agentes pastorales”: individualismo, crisis de identidad, caída del fervor. “La mayor amenaza” es “el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando”, comenta. Y pide a los pastores no dejarse vencer por un “pesimismo estéril” y ser signos de esperanza, poniendo en marcha “la revolución de la ternura”.
Con la claridad que lo caracteriza, Francisco habla de aquellos que “se sienten superiores a otros” por ser “inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado” y, “en lugar de evangelizar lo que se hace es...clasificar a los demás”.
Además, llama a las distintas comunidades eclesiales a no caer en envidias ni en celos y reconoce que “dentro del Pueblo de Dios y en las distintas comunidades, ¡cuántas guerras!” “¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?”, se pregunta con realismo.
Entre estas y otras jugosas reflexiones transcurren las 222 páginas de la carta, un documento que busca renovar esa alegría del Evangelio con un mensaje que, con aire novedoso, lo que hace es remitir a su mismo título y origen de todo lo demás: el Evangelio.
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El valor de la inculturación
Francisco dedica parte de su carta al asunto y subraya que “el cristianismo no tiene un único modo cultural” y que el rostro de la Iglesia es “pluriforme”. “No podemos pretender que los pueblos de todos los continentes, al expresar la fe cristiana, imiten los modos que encontraron los pueblos europeos en un determinado momento de la historia”. Así, reafirma la “fuerza activamente evangelizadora” de la piedad popular.