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Guitarra Blanca se estrenó este jueves 1° en Cinemateca

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Guitarra blanca: la historia de una película fallida sobre Zitarrosa es uno de los documentales uruguayos del año

Guitarra blanca retrata el proceso frustrado de un documental sobre los últimos años de Zitarrosa y a su responsable, el poeta "Papico" Cibils

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03 de septiembre de 2022 a las 05:04

Guitarra blanca no es un documental sobre Alfredo Zitarrosa. Pero al mismo tiempo lo es. Porque es un retrato sobre el intento –fallido– de hacer una película sobre el cantor popular, una crónica de los últimos cinco años de su vida, y es también la historia del escritor Francisco “Papico” Cibils y su vínculo cuasi filial con el autor de Doña Soledad.

Cibils fue un escritor y poeta que tuvo una relación cercana con Zitarrosa, quien era a un tiempo una suerte de maestro y referente, un ídolo y un amigo. Al regreso del cantautor del exilio motivado por la dictadura, en marzo de 1984, Papico empezó a filmar con una videocámara doméstica los principales eventos públicos protagonizados por don Alfredo: su llegada al viejo aeropuerto de Carrasco, su primera presentación pocos días después en el estadio Luis Franzini, su discurso en la sede de AEBU, su show en el estadio Centenario, sus presentaciones en el teatro del Notariado y en el Festival de la Canción de la ciudad de La Paz.

A eso se suman entrevistas al propio Zitarrosa y a figuras de la música y la cultura rioplatense, incluso luego de la muerte del artista en 1989. Ahí está la excepción: Cibils no filmó el entierro del músico. Se cree que fue porque aún no había madurado el proyecto, y también –y sobre todo– por el dolor de la pérdida.

El director de Guitarra blanca, Aldo Garay, conoció a Cibils en 1993. Se conocieron trabajando, y pocos días después ya habían intercambiado información sobre los proyectos que tenían en proceso: Garay le contó que estaba trabajando en lo que luego sería su documental debut, Yo, la más tremendo, y Cibils le relató su intención de retratar a Zitarrosa.

“En ese momento, al menos en Uruguay, no existía la conciencia que hay ahora sobre el documental. Se trataba de acopiar entrevistas, de archivo y fotos, no existía la diferencia del cine documental con el reportaje televisivo, era todo lo mismo. Me parecía alucinante, me parecía un proyecto épico querer hacer un documental sobre Zitarrosa”, dijo Garay a El Observador. Acompañó a Papico en la realización del proyecto durante los siguientes años, ejerciendo incluso como asistente de dirección en la filmación de entrevistas tanto en Uruguay como en Argentina, incluyendo una charla con Mercedes Sosa en Buenos Aires en 1997, durante un homenaje a Zitarrosa que tuvo lugar en el teatro Ópera porteño.

Pero Cibils murió en 2004 y el proyecto se truncó.

Con el paso del tiempo, el material empezó a tomar un aura mítica entre quienes conocían su existencia, incluyendo a Garay. ¿Qué pasó con ese material? ¿Qué quería hacer Papico? Y en todo ese tiempo, el proyecto rondaba en la mente del director de El hombre nuevo y Un tal Eduardo. Hasta que se decidió a recuperarlo, compilarlo, y contar una historia con él, que desde esta semana puede verse en Cinemateca. La historia de Zitarrosa, sí, pero también la de Cibils.

El retrato y la mirada

Papico Cibils junto a un afiche de Zitarrosa

Después de recolectar las cintas y digitalizarlas, ya que habían comenzado a deteriorarse, Garay se sentó a mirar las filmaciones. “Me costó ver una película con ese material. Me pareció que no había un desarrollo dramático con el material, porque eran conciertos, entrevistas. Se podía armar algo como un reportaje, pero no cumplía los requisitos para armar una biografía de Zitarrosa en sí misma”.

Sin embargo, sí había un relato ahí dentro. “Era interesante contar la historia de alguien que intentó hacer un documental sobre Zitarrosa. Porque hay un montón de documentales que no se concretaron. Conozco varios y me apena que pase eso, me conmueve cuando una película no se concreta y luego pasan cosas como que muere uno de los protagonistas. Y que esto concluyera en algo, y que además convivieran estos dos amigos era algo merecido, más allá del resultado”, señaló el director.

Ese resultado es una película conducida por la emoción, que funciona en todos los objetivos que se plantea, tanto en los vinculados a la figura de Zitarrosa –ponerlo en el contexto de su época y de la cultura uruguaya a la salida de la dictadura– como en los de Papico –presentarlo y contar su proyecto fallido, y plantear un contraste con su amigo: la guitarra negra y la guitarra blanca, el escritor famoso y el desconocido, el exiliado y el “inxiliado”–, un término que Garay usa para describir a los jóvenes uruguayos que no emigraron y padecieron la censura y el cerco cultural impuesto por el gobierno.

Alfredo Zitarrosa

Pero esto que en la película funciona fue el desafío más grande al que se enfrentaron Garay y el resto del equipo durante el proceso de producción del documental. Porque la pelea entre las dos figuras era claramente desigual. La atracción magnética de Zitarrosa era difícil de evitar. El peso cultural y social de su arte y de su persona y su justa mezcla de misterio, gravedad, sensibilidad e inteligencia eran llamadores poderosos.

“Hay muchas versiones del documental que parecía que trataban sobre Zitarrosa. El gran desafío de este relato fue poner a Papico por delante de Zitarrosa, cosa harto difícil, porque estamos hablando de una especie de prócer. La tendencia natural sería ir hacia Zitarrosa, y creo que hasta puede pasar que gente vaya a verla pensando que es una película de Zitarrosa –explicó Garay–. Había que mantener una paridad narrativa entre los dos, y eso es muy difícil por el desequilibrio lógico que hay entre las dos figuras. Pero creo que se logró, y eso me tranquiliza”.

Para resolver el conflicto, Cibils está presentado sobre todo a través de testimonios de familiares, amigos y colegas, junto a algo de material de archivo, mientras que a Zitarrosa se lo ve más que nada a través de la mirada del frustrado documentalista y de su videocámara, que registra los eventos con la intención de guardarlos para la posteridad, pero también con el pulso de un registro como para mostrar a la familia, como hoy en día alguien filmaría un concierto o un evento público con un teléfono celular. Garay dice que, con una herramienta pensada para filmar cumpleaños, grabó un pedazo de la historia.

Alfredo Zitarrosa

La música de Zitarrosa, además, no suena demasiado, un mecanismo también para evitar que el foco vaya hacia él.

Sin embargo, el director de Guitarra blanca no cree que esos registros pudieran haberse convertido en una biografía de Zitarrosa, como su autor aspiraba originalmente. Pero sí podrían haber sido un retrato del cantor pintado con la familiaridad y la cercanía de un amigo. La potencia no estaba en los registros en sí, sino en la posibilidad de expresar en primera persona el vínculo con don Alfredo. “Cosas que son intransferibles y que se las llevó, que no las sabemos –dijo Garay–. Papico podría haber generado todo un pliegue literario en ese documental, y creo que hubiera estado ahí la fuerza única, pero no se dio. Interpretaban la vida de una forma muy similar. Todo su entorno sabía que él vivía por Zitarrosa, tenía mucha memorabilia. Ahí estaba su diferencial, al expresar lo que significaba y lo que era Zitarrosa para su vida”.

Otro de los principales logros de Guitarra blanca es mostrar con apenas algunos trazos el contexto histórico y social de esos últimos años del cantor en Uruguay. Una muestra certera de época que también se planteó como un objetivo al momento de encarar el proyecto.

El escenario histórico está determinado más bien por detalles que no son tan obvios, como que en cuanto Zitarrosa canta la palabra libertad el público estalla en aplausos, vítores y gritos. Pero también en otras de sus acciones y gestos, como ponerse a explicar antes de cantar la historia de una canción y el contexto en el que fue escrita, o cuando le plantea al público su necesidad de poner una de sus obras a discusión, como si fuera una asamblea en la que el artista le pide opinión a la audiencia.

Zitarrosa en su regreso a Uruguay tras el exilio

“Rescatar esas cosas me parecía interesante y revelador –contó Garay–. O descubrir en Zitarrosa este experimento con la palabra que hace en los Diamólogos, una obra tan curiosa. Y eso habla todo de una época, de una forma hasta en la manera de hablar, en el porte de la gente”.

Los lugares también hablan del paso del tiempo, o de cierta cualidad estática uruguaya que también se nota en espacios como el estadio Franzini o la sede de AEBU, que están prácticamente iguales, en un juego que Garay hace intercalando planos de esos lugares en el presente y en la década de 1980. Otros espacios, como la vieja terminal del aeropuerto –ahora abandonada y con un look posapocalíptico–, muestran que Uruguay ya no es igual, algo que también se nota en la población. “Ha cambiado mucho la gente, el paisaje humano. La secuencia del regreso de Zitarrosa, es un día nublado, gris, y parece que es en Albania. Es un país difícil de reconocer. Se nota en la gente el paso del tiempo. La gente está agotada; si bien había euforia, se nota el desgaste, y que todo está muy empobrecido”.

Archivo vivo

En 2022, Garay estrenó dos películas. Además de Guitarra blanca, llegó a las pantallas su documental El filmador, que también recurre a material de archivo, en este caso para mostrar parte de la vida de los escritores José Pedro Díaz y Amanda Berenguer. El cineasta las toma como un díptico, que parte de la misma base. “Son dos partes de la historia cultural uruguaya, creadas por escritores que filmaron, una es un retrato parcial de la generación del 45 y la otra un retrato de un prócer del Canto Popular uruguayo”, apuntó.

Las dos películas también reflejan cómo el director se para ante el material de archivo, y cómo usa ese recurso para confeccionar sus relatos y sus retratos. “Trato de tomar el archivo como si fuera una materia viva, no algo muerto que se usa para tapar un agujero o ilustrar una entrevista. Tanto acá como en El filmador traté de que no fuera algo ilustrativo, sino que funcione como si fuera un original de cámara. Y ahí buscar los recursos adecuados para que eso suceda: en El filmador fue la lectura de un diario, y acá un relato que le da contexto a ese material y que cuenta quién fue el que lo hizo. Porque cuando tomo la posta de otro, me gusta que se vea el ojo de ese tipo”.

En El filmador, Díaz va generando un ojo cinematográfico a medida que estudia y se familiariza con ese lenguaje, pero también tiene limitaciones técnicas, como el uso de película en su cámara, a la que tiene que darle cuerda. El material de Cibils en Guitarra blanca está hecho con recursos técnicos más amigables, que le permiten filmar en color y con sonido directo, pero que se degrada fácil. “Podía grabar muchísimo, y eso lo hace más desprolijo en algún punto, hay una urgencia por la situación social, en el otro caso es todo más calmo, reflexivo, sus amigos artistas pueden posar, reírse, era París en los 50 y esto es Montevideo en 1984”, plantea Garay como contraste entre ambos proyectos.

Además de estos dos proyectos, la confección de retratos documentales no es ajena para Garay, que también lo hizo en películas como El hombre nuevo o Un tal Eduardo, sobre el exvocalista de Los Iracundos, Eduardo Franco. La particularidad de casos como Guitarra blanca, en contraste con otros de esos trabajos, es que el retrato, en este caso, tiene que hacerse en ausencia, sin la presencia del retratado.

“Eso es todo un asunto, porque ahí todo es patrimonio de la memoria de los demás. Podés explorar, insistir y pinchar pero es lo que el otro construye. Tenés que pasar por filtros, retratás a alguien a través del retrato que otro ya hizo. Y después están los círculos cercanos, que tienen visiones idealizadas o más afectivas, entonces es muy difícil llegar a la verdadera esencia”. Pero en el caso de este documental, cree haberlo logrado, al menos de forma parcial. “El retrato está en lo climático. Papico tenía mucho sentido del humor que acá no está de forma consciente, porque este retrato amerita ese clima triste, melancólico”.

Y Guitarra blanca es también el eslabón más nuevo en la cadena que viene de Un tal Eduardo y de proyectos como las series Memoria tropical y Crónicas de campaña, en las que Garay exploró la historia de la música tropical uruguaya y de las campañas electorales posdictadura, todas historias que se enfocan en la cultura popular, un tema que el director reconoce que está entre sus principales intereses. “Me importa el rescate de las cosas que nos crean de forma consciente o inconsciente lo que se entiende como un imaginario colectivo. Transitar y narrar eso que nos alimenta diariamente y que responde la pregunta de cuál es nuestra identidad. Eso es parte, aunque no sea lo esencial. Me interesa el residuo de lo que no comprendemos y que forma parte de nuestra identidad, o lo que damos por sentado”. Como la plena, como las publicidades electorales televisivas. Como Zitarrosa.

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