Hace 26 años que la artista plástica y escultora Constanza Dozo Moreno y el arquitecto Diego de Risi Camardón están casados, pero desde que eran novios soñaban con tener un espacio juntos, donde ella pudiera exponer su arte y él, sus dotes gastronómicos.
Al principio su historia contó con otros capítulos. En la familia de Constanza no existían escultores ni pintores, sin embargo cuando era niña y le preguntaron qué quería hacer cuando fuera mayor, su respuesta fue contundente: "estuatuas". Y sin saberlo esa palabra inocente tuvo un peso determinante en su futuro. "No puedo perder un minuto de mi vida", pensó a los 21 años cuando hacía cerámica por puro placer y decidió tomarse en serio esa plenitud y transformarla en su carrera. Estudió en talleres especializados en mármol en Argentina y en la escuela superior de Bellas Artes donde se especializó en escultura.
Se capacitó en Francia y también en Grecia, en la isla de Tinos- lugar de donde se extrajo el mármol del Partenón-. Allí Constanza, que tiene su taller en Buenos Aires, perfeccionó su técnica de talla en mármol. Conquistó exposiciones, ferias de arte, galerías y el circuito de arte europeo con obras en museos y colecciones privadas. "Me llegó el pedido del busto del archiduque de Austria, con cuatro réplicas que están en Austria y España", compartió con Café & Negocios.
En paralelo, Diego se recibió de arquitecto y su trabajo enfocado a la arquitectura publicitaria lo llevó a viajar por el mundo construyendo stands en ferias internacionales. De esas vivencias y de los viajes que hicieron en conjunto empezaron a acumular menúes, ideas e ilusiones que algún día se harían realidad en el lugar que añoraban tener en su madurez.
"Desde que tengo uso de razón me gusta comer y cocinar", cuenta Diego. Su recorrido gastronómico está estrechamente ligado a su niñez, a los aromas y sabores que desprendía la cocina de su abuela María Justa.
La entrada de María Justa
"Nuestra casa en Buenos Aires es el foco de reunión de todo el mundo, cocino mucho, viene gente, y todo el mundo me decía cuándo iba a poner el restaurante", pero la búsqueda de perfección de Diego y algo de inseguridad lo llevaron a postergar el deseo de tener su propio establecimiento ya que no se sentía a la altura de tal desafío.
Hasta que Constanza tomó la sartén por el mango y le contó en una llamada a larga distancia, que los unía desde Buenos Aires a Shanghái, que lo había inscripto en la academia del Gato Dumas. El silencio se apoderó de la conversación, pero no había vuelta atrás el camino de Diego como chef ya había comenzado.
"La arquitectura es por mandato familiar, es algo que le gusta y es bueno en lo que hace, pero su pasión y su felicidad siempre estuvo en brindar su amor a través de la comida", cuenta Constanza y entre risas lo define como "un alimentador serial".
Tras dos años de aplicado estudio, Diego se convirtió en chef y fue condecorado con la medalla de honor. A esta experiencia le siguieron cursos y talleres en distintas partes del mundo como Tailandia e Italia. El sueño del restaurante propio estaba cada vez más cerca.
La pandemia los impulsó, el trabajo de Diego se paralizó y decidieron abrazar el cambio y trasladarse a María Justa, el nombre del campo que años atrás habían adquirido en Pueblo Edén y que estaba, hasta entonces, vacío y en pausa.
Pueblo Edén los enamoró, tras años de salir a pasear por sus caminos de tierra y disfrutar de las sierras y aguas puras, el 1° de julio de 2021 llegaron para quedarse; se entrevistaron con constructores y arquitectos, el 1°de agosto empezó la obra y el 10 de enero María Justa ya estaba abierto al público.
La naturaleza del emprendimiento
"Siempre sentimos Uruguay como nuestra casa. Edén nos eligió a nosotros, es de una belleza tal que enamora" remarca Constanza y recuerda que la primera foto que vio del campo que hoy es María Justa fue la de una cascada.
"El lugar es único, nosotros teníamos la obsesión de tener agua pura, nos costó conseguirlo pero lo encontramos. Además tenemos asfalto hasta la portera nuestra y la luz media tensión que pasa por la portera, por lo cual teníamos luz, asfalto y agua y un lugar increíble geográficamente con 15 hectáreas para hacer lo que queramos turísticamente", dice el chef y arquitecto.
La propuesta del restaurante de campo en Pueblo Edén
"A nosotros nos cuesta mucho encontrar un lugar en el que nos sintamos cómodos cuando vamos a comer afuera, pero no porque seamos exquisitos gourmet, sino porque para nosotros la experiencia y el servicio es tan importante como el plato que te pongan adelante", opina Diego y afirma que su desvelo es que quieren visiten el emprendimiento se sientan "absolutamente malcriados, mimados y que se vayan con una sonrisa".
El salón del restaurante de campo en Pueblo Edén
María Justa trabaja con reserva de, al menos, 24 horas de anticipación y esperan mantenerlo así para poder ajustar su propuesta a cada comensal y no convertirse en un restaurante a demanda abierto al público.
Diego y Constanza ofrecen un menú de pasos, variado. "Hay focaccia, hummus, chorizos ahumados, mariscos, langostinos, mejillones, risotto, cordero al curry con arroz basmati—de los más emblemáticos para los comensales— y postres como mousse. Es divertido", cuenta Diego y asegura que pudo plasmar su experiencia en distintos viajes culinarios en María Justa. Esto se percibe en la respuesta de los extranjeros que llegan al restaurante de campo y les cuentan que viajan a través de la comida.
Otra de sus propuestas es junto al arroyo donde tienen una parrilla para 30 personas y ahí se disfruta del bosque nativo y de la "piscina natural"; ese plan es para grupos de ocho personas o más.
Además, tienen como condición que la propuesta está dirigida a mayores de 12 años, "hay rocas y agua y si los chicos se van puede ser peligroso", explica Constanza.
Un campo, senderos, el arroyo, una huerta y un bosque nativo con hamacas paraguayas conforman el entorno de este restaurante de campo.
En María Justa no podía faltar el arte de Constanza. Por eso a la propuesta gastronómica se le suman talleres, exposiciones y su propio taller que conforman la experiencia sensorial. Además, la artista pudo conectar con su espiritualidad y utilizar como materia prima para sus obras la naturaleza del entorno. Por eso su galería alquimia de la tierra ubicada en María Justa pueden encontrarse esculturas con cortezas, plumas y hongos. Así como pinturas con pigmentos que se desprenden del campo. "Todos los pigmentos y materiales que utiliza en sus obras son naturales y extraídos de acá", enfatiza Diego.
"Es un sueño que pudimos cumplir", reconoce la escultora.
La vista de las sierras en el restaurante
No solo un restaurante
Para el público, pero también para amigos y familiares Diego y Constanza quieren sumar hospedaje. Actualmente están buscando financiamiento para construir seis cabañas. "Nos lo pide la gente", cuenta la artista. También esperan, a futuro poder incorporar el trabajo con agencias de turismo que les permita trabajar con grupos de 10 a 15 personas que busquen vivir una experiencia diferente, calma y exclusiva en las sierras y a 30 minutos del mar.