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Los extranjeros que vinieron a ganar el partido de la pobreza uruguaya

Dos profesionales llegaron a Uruguay con la intención de prevenir el maltrato y el abuso infantil

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22 de abril de 2018 a las 05:00

En Flor de Maroñas dicen que Luis Ossani anda bien para el fútbol. Su juego es limpio, prolijo, inteligente. Los más chicos del barrio miran con admiración cómo domina la pelota; lo siguen, le copian los movimientos. Si Ossani dice que tiene otras cosas que hacer, enseguida le piden que pelotee un poquito más. "¿Este hombre ya se va?", pregunta uno. Otro lo tranquiliza y le dice que no, que todavía hay fútbol para rato.

El talento de Ossani tiene sentido cuando habla. Su acento lo delató cuando llegó a Flor de Maroñas y dejó en evidencia por qué tiene tanta facilidad con la pelota. Pelirrojo, de barba larga y con muchas pecas en la piel, poco tiene que ver a simple vista con Neymar o Pelé. Lo que sí comparte con esos astros del fútbol es la cédula, porque él también nació en Brasil.

"¡Claro! Ahora entiendo, es brasileño", dice uno de los jóvenes cuando lo ve jugar. El resto ya lo había pensado antes.


El fútbol le permitió a Ossani llegar a los adolescentes de Flor de Maroñas. Hace tres semanas que está en Uruguay y si bien tiene un español muy fluido, su talento con la pelota hizo que los jóvenes lo recibieran de brazos abiertos. Picadito va, picadito viene, Ossani logró conquistar a los chiquilines con rapidez. Dice que el fútbol les permite descargar los problemas que traen de afuera; después siempre hay tiempo para conversar.

El brasileño trabaja en el club juvenil Sebastopol con adolescentes de entre 12 y 18 años, y estará en Uruguay hasta marzo del próximo año. Vino en el marco de un programa de América Solidaria, una fundación que busca superar la pobreza infantil en la región. Esta organización recluta profesionales en todo el continente y los envía a proyectos en distintos países. Ossani tiene 29 años, es comunicador social e hizo un posgrado en gestión de proyectos sociales.

Cuando lo echaron de su trabajo en San Pablo en octubre, enseguida postuló para viajar con América Solidaria. Su perfil profesional y personal hizo que viniera a Uruguay, pero podrían haberle tocado otros países como Haití o Nicaragua. La cercanía con Uruguay le dio seguridad a su familia –sobre todo a su madre– que no entendía por qué su hijo quería irse lejos a ayudar a los demás. Hablan todas las semanas y hace videollamada con su perro, que todavía no se dio cuenta de que no está ahí y lo busca por toda la casa cuando escucha su voz.


No es la primera vez que Ossani viene a Uruguay, pero su mudanza fue casi de un día para el otro. América Solidaria no le paga –el trabajo es voluntario–, pero sí le da un lugar donde vivir. También le cubre los gastos de comida y transporte, aunque en las condiciones del programa está claro que la austeridad es uno de los requisitos. En la fundación le llaman "abajarse" a este cambio.

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La organización le consiguió un apartamento en el complejo de viviendas Euskal Herria en Malvín Norte. Ossani cree que tiene sentido que sea así porque su estilo de vida no puede ser muy diferente al que ve en el barrio donde trabaja. Enseguida aclara que no pasa hambre, que tiene un lugar cómodo para dormir y que sus vecinos son muy amables. "No quiero que piensen tampoco que estamos pasándola mal", dice y se ríe.

Su trabajo en Sebastopol se enmarca en el proyecto Territorios del buen trato, que busca prevenir el maltrato en los niños y adolescentes. Este es el primer año que se implementa en Flor de Maroñas y Ossani será uno de los profesionales que lo pondrá en práctica. La iniciativa durará tres años y funcionará en el municipio F de Montevideo, el que tiene el mayor índice de pobreza de toda la ciudad. Según un estudio elaborado por el municipio, el 60% de los niños que viven allí son pobres.

El maltrato, la violencia sexual y el trabajo infantil son más frecuentes en esa zona de Montevideo que en otras. Ossani llegó a Flor de Maroñas con el objetivo de prevenir estos problemas y generar un impacto a largo plazo. En estos días está en una primera etapa de evaluación, pero a medida que pasen las semanas elaborará un proyecto en el que propondrá cómo combatirlos. Tiene claro que no habrá cambios de un día para el otro, pero confía en su formación y en su voluntad para generar impacto.


"A Sebastopol van entre 15 y 20 chiquilines. Es una propuesta de talleres, aprenden desde cocina hasta deporte. Tienen una realidad muy dura, están muy cerca de una realidad de pobreza, de violencia. Cuando los adolescentes llegan a los talleres ya hay un quiebre de paradigma: entran a un espacio de socialización y de convivencia muy bueno. Aprenden cosas que difícilmente estén cerca de sus familias y también pueden llevarlas a sus casas", cuenta.

Ossani ya sabe los nombres de la mayoría de los jóvenes y de los educadores que trabajan en Sebastopol. Los adolescentes lo reconocen y le chocan los cinco cuando lo ven: "Yo sé quién sos vos", le dicen. Enseguida traen una pelota y se ponen a jugar al fútbol; quieren que les enseñe el truco que les mostró hace unos días. Esa es la manera que tiene de acercarse, de conocerlos y así espera elaborar el proyecto por el que decidió mudarse a Uruguay.

El guionista de Dios

En Flor de Maroñas dicen que el guionista de Dios eligió bien el apellido de Clara, otra de las voluntarias de América Solidaria en Uruguay. Con una personalidad tranquila, la voz baja y un poco de timidez, Clara Amor viajó hace tres semanas desde Mar del Plata, Argentina. Tiene 27 años, es maestra y licenciada en educación.

Su familia tampoco entendió en octubre por qué quería postularse a la fundación, sobre todo porque al principio no sabían qué destino del continente le tocaría. Su perfil encajó con los proyectos en Uruguay y sus padres respiraron, porque tenían miedo de que se fuera muy lejos. Hoy vive en Euskal Herria en el mismo apartamento que Ossani y también trabaja en el programa del municipio F, que busca prevenir el maltrato infantil en la zona.

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La primera impresión que tiene de Uruguay es que es un país muy horizontal. A diferencia de Argentina, dice, la cercanía entre la gente es real y eso le gusta. "Todas las voces se escuchan y todas las voces valen lo mismo", agrega. Los primeros días de trabajo en el barrio le mostraron que puede conocer a los vecinos, sus realidades y así tratar de generar el cambio por el que tomó la decisión de renunciar a su trabajo en un colegio en Mar del Plata.

Cuando llegó al centro juvenil Flor de Maroñas –a pocas cuadras de Sebastopol– agarró unas paletas de ping pong y se puso a jugar con los chiquilines. Al igual que Ossani, notó cómo los jóvenes descargaban "la bronca" que traían encima durante el partido. Pasaron la tarde juntos, tomaron la merienda y bailaron salsa.

"Me llamó la atención esa tarde cómo en cuatro horas ocurrió la transformación. Empezamos desde lo brusco –la paleta y la pelota– y al final terminamos bailando en parejas. Creo que el centro sigue siendo para ellos un espacio de contención, una oportunidad de transformación", cuenta.


Al centro juvenil de Flor de Maroñas van los jóvenes más grandes del barrio, los que tienen entre 15 y 17 años. Amor dice que allí hay más problemas por consumo de drogas y también hay casos de embarazo adolescente. El lugar refleja la realidad del barrio, que tiene la mayor proporción de hogares con hacinamiento y la mayor proporción de hogares en situación precaria de Montevideo.

Amor reconoce que los adolescentes que van al centro juvenil están en mejor situación que los que deciden quedarse toda la tarde en la calle. El desafío ahora es captar al resto de los jóvenes de la zona porque muchos de ellos tampoco van al liceo. "Por lo menos en cuatro horas tienen acceso a otros bienes culturales y no solamente al consumo de drogas", dice.

La argentina entra al centro y enseguida se acerca a una bebé que llora. Trata de consolarla, le hace gracias pero nada funciona. La madre es una de las adolescentes que juega a la computadora a pocos metros. El olor a comida llega desde la cocina y una niña se acerca para avisar que está pronto el almuerzo. También prepararon ensalada de frutas y todos compartirán la mesa.

Amor camina a ver qué cocinaron y una frase en su remera llama la atención: dice que el futuro de los niños –al igual que un partido de ping pong– se juega ahora. Ella está lista para salir de titular.
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