1 de julio de 2011 21:03 hs

Actitud Rocanrol!, reclamaban dos payasas a los niños que llegaban a la Zavala Muniz a ver Ruperto Rocanrol 2, mientras levantaban los dedos índice y meñique en una señal de complicidad bardera, como si estuvieran pidiendo la contraseña para dejarlos ingresar a una tribu rockera selecta. Algunos les respondían con espontaneidad, otros tímidamente y otros ni siquiera entendían lo que quería decir esa seña. Era el caso de Matías (7) y Nicolás (4), dos niños que según contaron a El Observador no sabían “bien” lo que era el rocanrol y que obviamente estaban a punto de tener su debut en un recital (o mejor dicho en un mini recital).

Segundos después verían a las mismas dos payasas improvisar sus torpes movimientos al ritmo de un suave violín. “¿A esto le dicen rocanrol?”, preguntó Nicolás a su madre y recibió una carcajada de respuesta. “No, ya vas a ver”, le respondió ella.

Entonces irrumpieron Pablo y Bruno Berocay (los hijos del escritor), y ocuparon la batería y el bajo, respectivamente. Después lo hizo Roy Berocay. “¿Ese es el que inventó el sapo Ruperto?”, preguntó ahora Matías, el más grande de los niños.

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Así comenzaba para ambos hermanos la función de Ruperto Rocanrol 2, El secreto de la felicidad, el único espectáculo rockero, orientado especialmente para niños, que se estrenó en estas vacaciones de julio en la sala menor del Teatro Solís.

La función del jueves era especial, estaba llena de padres acompañando a sus hijos porque era la primera que se realizaba a las 20.30. Las otras desde su estreno el 25 de junio habían transcurrido cinco horas antes, por lo que las abuelas habían sido las predominantes. “Esto vendría a ser como un trasnoche para niños”, dijo el músico y escritor al iniciar el show. El motivo, era que durante la presentación se iban a estar tomando imágenes para elaborar un DVD a editarse a fines de este año.

Lo primero que advirtió Berocay fue que dentro de la sala se había delimitado una “zona de la felicidad”, (algo comparable al campo de los recitales de grandes) en donde podrían moverse libremente.

Alcanzó que un solo niño se animara a romper el hielo, para que enseguida aparecieran otros cuarenta dispuestos a acompañarlo. Matías, alentado por su madre, fue uno de los primeros en llegar. Nicolás, todavía no se animaba pero faltaría solo un par de canciones.
Un poco a costas de Berocay y otro poco espontáneamente, fueron surgiendo pequeñas mímicas roqueras mientras sonaron temas como Estrella Fugaz, Superhéroe, el Monstruo debajo de la cama, Derecho a jugar o No voy a pelear.

El espectáculo que continuará hasta finalizar las vacaciones apela al rocanrol clásico, murga, folk y folclore para ponerle ritmo a los grandes temas de la infancia como el miedo a la oscuridad, la escuela y las vecinas chusmas. En él no faltan ocurrentes reflexiones que, por momentos, divierten más a los padres que a los propios chicos. ¿Por qué a Hulk nunca se le salían los calzoncillos? ¿Por qué las abuelas de ahora se planchan y tiñen el pelo mientras que las de antes cocinaban cosas ricas? ¿Por qué a los niños de antes se los nombraba con apodos vegetales como “nabo” o boñato? Y la más importante: ¿Cuál es el secreto de la felicidad?

Antes de que el lector imagine que podrá encontrar la respuesta por la suma de $200, vale advertir que no lo hará, las reflexiones nunca son exclusivas, al menos en espectáculos con esta firma. Berocay realizó breves introducciones a sus temas en donde contaba sus propias experiencias de la infancia. A Matías, le llamó la atención que también hubiera tenido un compañero de escuela que le robara la merienda y las figuritas. Se sintió tan identificado que hasta levantó la mano en el medio del show para contar su experiencia. Después se dio cuenta que no estaba en una clase y se guardó el comentario para su madre. “Me hizo acordar a Leonel, el de la escuela”, le dijo. Después volvió a bailar.

Lejos de la zona de la felicidad, en los asientos, desde la perspectiva de los papás, puede verse un universo de niños diversos disfrutando de un espectáculo musical a su manera. Entre improvisadas pequeñas guitarras aéreas, movimientos a lo pato aparato, intensas sacudidas de cabeza y tímidos palmeos reina la diversidad y la tolerancia como en un auténtico recital de rock en donde lo que predomina es el goce. Encima como frutilla de la torta, también hubo espacio para los “incivilizados de siempre”. Cuatro niños se pusieron a jugar con la máquina de humo provocando la intervención de los acomodadores de la sala Zavala Muniz. Finalmente, ¡Eso es mini rocanrol!.

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