Como se señalaba en las dos columnas anteriores, la UNESCO publicó el documento titulado “La educación en un mundo tras la COVID: Nueve ideas para la acción pública” que alienta a un debate de ideas, plural y profundo, acerca de repensar la educación y los sistemas educativos. Si la perentoriedad de dicho debate era alta pre-pandemia, lo es aun más en el escenario de pandemia y de post-pandemia. Diríamos que está en juego la relevancia propia de la educación de cara a forjar un porvenir que, en sus trazados fundamentales de imaginarios de sociedades justas y sostenibles, debiera ser muy distinto al actual.
En esta columna abordamos la tercer idea fuerza que nos propone la UNESCO (2020), esto es, “la importancia de la profesión docente y la colaboración de los maestros”. Veamos algunas de sus contenidos e implicancias.
En primer lugar, la UNESCO señala que “hoy en día queda claro que nada puede sustituir la colaboración entre los docentes, cuya función no consiste en aplicar tecnologías estándar o técnicas didácticas ya preparadas, sino en asumir plenamente su papel de facilitadores del conocimiento y guías pedagógicos”. Nos reafirmamos en la convicción y consideración que los educadores son los principales tomadores de decisión de los sistemas educativos en cualquiera de los modos de enseñanza, aprendizaje y evaluación que se desarrollen.
En segundo lugar, la UNESCO parte del reconocimiento que, a escala mundial, se está dando en cuanto a jerarquizar las competencias y los conocimientos profesionales de los educadores inscripta en una tendencia general de revalorización de los trabajos entendidos como esenciales para el sostenimiento de las sociedades. Esta situación ayuda a colocar en la discusión publica la interrogante de cuán velamos como sociedad, por trabajos, que como dice la UNESCO, son “a menudo mal remunerados, que son realmente “esenciales” y muy necesarios en la sociedad”.
La cuestión de fondo puede tener que ver con los imaginarios de sociedad que abrigamos, y como éstos se plasman, entre otras cosas, en la valorización de las personas, de la educación y del trabajo. Parece por lo demás preocupante e injusto, que las responsabilidades por la reproducción biológica, social y cultural de las sociedades, así como por cimentar un porvenir de oportunidades justas y sostenibles para las generaciones más jóvenes, recaiga en personas y grupos que no son suficientemente reconocidas, apuntaladas e incentivadas como profesionales en su metier específico.
En tercer lugar, la UNESCO señala que “muchos padres que ahora están obligados a seguir y supervisar el aprendizaje de sus hijos en el hogar han adquirido mayor conciencia de la complejidad del trabajo de los maestros”. En efecto, la pandemia planetaria provoca un fuerte reacomodo de los roles y de las responsabilidades entre las instituciones educativas, los educadores, los alumnos y las comunidades.
Esencialmente el andamiaje del sistema educativo se sustenta, en gran medida, sobre los supuestos, los contenidos e implicancias asociadas a la presencialidad no solo en relación a la educación sino también a las familias, al trabajo y a las comunidades, entre otros aspectos relevantes. La falta de presencialidad desencadena valoraciones y sentimientos que estimamos como claves para una reconfiguración positiva de los roles.
Por un lado, se destaca el lugar significativo que ocupa la escuela como estructurador de nuestra vida en sociedad. En gran medida, como señalan Dussel, Ferrante y Pulfer (2020), “apareció con mayor claridad su papel en la socialización de niñas, niños y adolescentes, tanto en sus relaciones como en el mundo adulto como entre pares”.
Por otro lado, como afirma la UNESCO, parece verificarse, a escala mundial, mayores niveles de conciencia de parte de madres, padres y comunidades, de lo que significa el rol de los educadores, así como el acto delicado y complejo de educar. Se destaca el rol de los educadores como orientadores de los alumnos, así como acompañantes de sus procesos de aprendizaje. Esto lleva, entre otras cosas, a resignificar el rol de los educadores en cuestiones que son los ejes fundamentales de su compromiso y trabajo cotidiano como “la explicación, la organización de las tareas, la misma corrección de trabajos” (Dussel, Ferrante & Pulfer, 2020).
Asimismo, padres y madres se ven desafiados a buscar las maneras de orientar y apoyar a sus hijos que antes no se lo planteaban con la necesidad e intensidad que lo hacen hoy ante la falta o insuficiencia de presencialidad. Ciertamente la educación pre-pandemia requería un mayor involucramiento de las familias en los procesos mismos de enseñar y aprender, y que no quedará acotada su participación a solamente ayudar a los centros educativos en cuestiones distintas que el mismo acto de educar. Animarse a ensanchar sus roles, así como tener las orientaciones para lograrlo es que estimamos como claves para una reconfiguración positiva de los roles.
Por un lado, se destaca el lugar significativo que ocupa la escuela como estructurador de nuestra vida en sociedad. En gran medida, como señalan Dussel, Ferrante y Pulfer (2020), “apareció con mayor claridad su papel en la socialización de niñas, niños y adolescentes, tanto en sus relaciones como en el mundo adulto como entre pares”.
Por otro lado, como afirma la UNESCO, parece verificarse, a escala mundial, mayores niveles de conciencia de parte de madres, padres y comunidades, de lo que significa el rol de los educadores, así como el acto delicado y complejo de educar. Se destaca el rol de los educadores como orientadores de los alumnos, así como acompañantes de sus procesos de aprendizaje. Esto lleva, entre otras cosas, a resignificar el rol de los educadores en cuestiones que son los ejes fundamentales de su compromiso y trabajo cotidiano como “la explicación, la organización de las tareas, la misma corrección de trabajos” (Dussel, Ferrante & Pulfer, 2020).
Asimismo, padres y madres se ven desafiados a buscar las maneras de orientar y apoyar a sus hijos que antes no se lo planteaban con la necesidad e intensidad que lo hacen hoy ante la falta o insuficiencia de presencialidad. Ciertamente la educación pre-pandemia requería un mayor involucramiento de las familias en los procesos mismos de enseñar y aprender, y que no quedará acotada su participación a solamente ayudar a los centros educativos en cuestiones distintas que el mismo acto de educar. Animarse a ensanchar sus roles, así como tener las orientaciones para lograrlo es temas educativos, de entender y apoyar más efectivamente a los procesos educativos como construcciones dialogadas y trabajosas entre iniciativas y acciones de arriba hacia abajo, y viceversa.
Como bien señala la UNESCO, “esta es una lección importante de la crisis, que debería llevarnos a conceder a los docentes mayor autonomía y libertad”. Esto no supone un sistema educativo ausente o débil o indiferente sino asumir el desafío de transitar desde un centralismo prescriptivo, poco orientador y burocratizado, a una localización educativa en cada comunidad regulada y evaluada por marcos educativos nacionales orientadores y flexibles.
El impulso transformacional docente puede pues potenciarse facilitando la innovación en los centros educativos bajo un marco robusto, claro y verificable de objetivos educativos compartidos por el sistema educativo en su conjunto con flexibilidad en los medios puestos a disposición de las comunidades educativas para desarrollar el vestido o traje a medida de cada centro. La valorización de los educadores, desde su condición de generadores y gestores de oportunidades de aprendizaje para todos los alumnos, nos reafirma como arguye la UNESCO, “que la verdadera capacidad de respuesta e innovación reside en la iniciativa de los educadores que, junto con los padres y las comunidades, han encontrado en muchos casos soluciones ingeniosas y apropiadas al contexto”. Quizás estas aperturas que han ido emergiendo, desde las comunidades educativas, constituyan una ventana de oportunidades para ayudar a sostener y sustanciar la transformación de la educación y de los sistemas educativos.