Son pocos los gobernantes con la capacidad, para bien o para mal, de marcar una era como lo hizo Angela Merkel, que esta semana, dejó de ser la canciller de Alemania, cargo que ocupó durante 16 años ininterrumpidos, dejando grandes lecciones de cómo enfrentar el populismo del siglo XXI que está degradando la democracia en el mundo.
Las circunstancias de 2005 eran muy diferentes a las del presente. No había teléfonos inteligentes. No existía Twitter. La democracia liberal se movía a sus anchas.
No obstante, la conducción de Merkel es inspiradora sobre cómo encarar y resolver los problemas más acuciantes que hieren el estado de Derecho y la convivencia de sociedades cada vez más plurales.
Una evaluación integral de su liderazgo nos muestra su enorme estatura política, comparable a la de grandes conductores después de la Segunda Guerra Mundial, no solo por lo que hizo durante una gestión que dignificó el buen gobierno, sino por los males que evitó y que, lamentablemente, no suelen tener la ponderación que se merecen en la vida pública.
Honró el Rechtsstaat (estado constitucional e imperio de la ley), como los jefes de Estado de la Alemania democrática, a lo que le sumó como cosecha propia, una conducta de sobriedad en el ejercicio del poder, un modo de razonamiento influenciado por su formación científica, una gran cintura política para enfrentar las dificultades con inteligencia y astucia -una habilidad que demostró en varios episodio desde su vida en la asfixiante ex Alemania Oriental- y su condición de mujer.
Merkel ha visto con sus propios ojos el crecimiento electoral de grupos de extrema derecha como AfD, un problema que ciertos analistas y políticos la responsabilizan a ella, pero que están minimizando el rostro europeo del populismo y el nacionalismo radical, con más más influencia en Italia, Francia y España. Y ni que hablar de Hungría y en Polonia, en donde gobiernan.
La periodista y ensayista Anne Applebaum, en un artículo en The Atlantic, el pasado 15 de noviembre, precisamente nos advierte sobre las autocracias globales del siglo XXI: colaborativas, de redes sofisticadas, que se retroalimentan de estructuras financieras cleptocráticas y de los servicios de seguridad, y que difunden sus ideas con herramientas de propaganda muy profesionales.
En toda caso, sin un liderazgo democrático firme como el de Merkel, humanista y dominado por la razón, la ascendencia de la prédica antidemocrática quizás hubiera sido motivo de más preocupación en Alemania.
En un breve discurso que ofreció en una reciente ceremonia de despedida, la ahora ex canciller hizo una reflexión sobre los retos de la pandemia, que de algún modo resumen su pensamiento y conducta: la importancia que tiene la confianza en la política, en la ciencia y en el “discurso social”. La democracia, dijo, "depende de la solidaridad y la confianza, incluida la confianza en los hechos".
Con esas ideas y valores, ganó la batalla de la acogida a los migrantes, avanzó en la protección del medio ambiente y puso de pie a la Unión Europea en etapas de crisis.
Una templanza y visión política que también iluminó su planificada renuncia al poder, retirándose ovacionada de pie por los miembros del Bundestag, y con una alta popularidad tanto en su país como fuera de fronteras.