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9 de febrero 2026 - 13:35hs

Este viernes y sábado pasó, como hace 70 años, el encuentro más grande de personas aplaudiendo a la uruguaya: el Desfile de Llamadas 2026. En total, la Intendencia de Montevideo estimó que más de 6 mil personas desfilaron por Isla de Flores.

Cualquiera asumiría que al tratarse de una competencia, lo hacen para ganar. Cualquiera que haya sentido el pecho vibrar por la fuerza de los tambores sabe perfectamente que ese no es el motivo.

Lonjas intervenidas con nombres de seres queridos, tamboriles cubiertos con fotos, tatuajes que combaten la ausencia, retratos incluidos en los trajes, todas muestras de que esto se hace puramente por amor. Amor a las raíces, al barrio, la danza, la cultura y la libertad.

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“Me aferro en mi amor al arte y la danza para salir año a año. Cada vez que dudé si salir a desfilar o no, escucho el sonido de los tambores y hay algo que me cincha y me hace bailar”, dice Irene, que tomada de la mano de su hermana se le hace imposible hablar de la emoción.

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“Soy gramillero por mi padre, que también lo fue. Por mis manos pasa mi identidad, mi forma de bailar y lo que es ser un negro viejo", cuenta orgulloso Darío, con el pecho inflado de poder seguir los pasos de su padre.

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Amar no es fácil, por eso no se puede amar solo. Es necesario, por lo menos, dos partes involucradas.

Desfilo de la mano de mis hijos y mi padre, esto es mi vida. Todos mis hijos heredaron de mí el amor por esto, haber podido desfilar con ellos es mi mayor orgullo", dice Estela con los ojos brillantes al recordar tantos carnavales.

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“Mis manos hablan solas, ves sacrificio, trabajo y dolor. Desfilar me devuelve vida, gracias al candombe estoy vivo”, cuenta un hombre que accedió a ser retratado, pero no a decir su nombre.

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“Todo el mundo se queda con el desfile, pero esto comienza en marzo. Cuando flaquea el espíritu me apoyo en el tambor, en su sonido. Te da mucha energía, es algo místico, ancestral”, comenta por su parte Gabriel, atajando las lágrimas después de hablar de “su negrita”, mascota que hoy recuerda cada vez que ve su tamboril.

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Cada comparsa es observada desde mucho más arriba de los balcones de Isla de Flores. Los miran con orgullo todas aquellas personas que forjaron esta cultura y que confían en estas nuevas generaciones para mantener el legado.

Mateo, por ejemplo, es de Cordón y es el primer integrante de su familia en zambullirse en el candombe. “Al desfilar cargo la herencia de muchas personas que lucharon para que hoy esto sea una fiesta, desfilo de la mano de ellos”, dice.

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Daiana, en tanto, se queda unos segundos en silencio, pensando, hasta que su sonrisa cálida se abre al mirar un frasco de brillantina como quien ve un cielo estrellado. “Mis ancestros vienen conmigo, cargamos juntos este legado. Desfilo de la mano de mi maestro, Canela, y mi tío Damián, que hace poco partió y sé que me mira desde donde esté.”

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Estas personas logran tener de rutina su pasión, dedican cada fin de semana del año a disfrutar la herencia cultural del país. La tradición es colectiva y se construye sin que sus autores sean conscientes de lo que están haciendo. Se trata simplemente de aferrarse a aquellas cosas que les recuerdan las veces en que sintió el amor de otro que tampoco era consciente de estar escribiendo historia.

Al final, la cifra de 6 mil personas estimadas parece quedarse corta. Todos los integrantes de las comparsa desfilan de la mano de sus padres, abuelos, hermanos, hijos, referentes, mentores. Van de la mano de todos aquellos que les mostraron lo que era el amor.

Temas:

Carnaval 2026 Desfile de Llamadas comparsa Candombe

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