30 de mayo de 2026 5:00 hs

Pedro Almodóvar tuvo su primer ataque de pánico hace 24 años. Llegó a su casa del rodaje de la película que lo tenía estresado y de repente: un alien a punto de abrirle el pecho como a John Hurt en El octavo pasajero. Sudor frío. La ansiedad galopante y un trauma desbocado. En retrospectiva, aquel estallido hoy tiene una resonancia que el propio cineasta asocia a lo que estaba pasando en su vida artística y privada: por primera vez, su propia historia estaba abriéndose paso en la pantalla y una película suya expurgaba crisis personales.

Esa película fue La mala educación, un dramón estrenado en 2003 y protagonizado por Gael García Bernal en el que se cruzan una infancia desprotegida, el abuso sexual, la eduación católica y la huella del trauma generacional que explota en el melodrama core tan característico del español. “Fue la primera vez que miré hacia atrás de verdad”, decía Almodóvar en una entrevista reciente con El País de Madrid. “Y de esa mirada retrospectiva hacia mi infancia, lo primero que salió fue una película sobre lo peor que me pudo ocurrir cuando era niño: que me maleducaran los salesianos.”

De una u otra manera, ese fue un punto de inflexión para el resto de su historia en el cine. De ahí en más, con contadísimas excepciones —y olvidables, como la espantosamente estúpida Los amantes pasajeros—, quien posiblemente sea uno de los mayores exponentes ibéricos de la historia del cine junto a Carlos Saura, Luis Buñuel y Luis García Berlanga no pudo cerrar jamás la puerta de su intimidad. Los años pasaron y Almodóvar se convirtió en un director que ocupa el centro. Su "yo" ocupa el centro. A él no le gusta la palabra autoficción, pero tampoco tiene demasiadas opciones para despegarse de ella cuando uno repasa, en los últimos quince años, sus películas.

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El punto álgido llegó en 2019, cuando estrenó un título con el que pegó un volantazo: Dolor y gloria. Fue a partir de esa película que Almodóvar empezó a tener protagónicos masculinos más definidos que, a la vez, se acercaron decididamente a sus propias formas.

Dolor y gloria, por ejemplo, tuvo a un excelso Antonio Banderas al frente de una película de aires melancólicos, auto-revisionistas, un reflexión sosegada sobre el dolor físico y el espiritual, sobre la incidencia de las relaciones truncas, el peso de la infancia y hasta del lugar del cine dentro de la vida de un creador arraigado en en él. Todos los tópicos se pueden asociar tranquilamente a Pedro, pero además Banderas casi que remedó al cineasta en un look almodovariano a más no poder. Por si faltaban señales, digamos.

Dolor y gloria es la obra de un cineasta mayor en la cumbre de su madurez artística. Es también una de las mejores películas de Almodóvar, un drama lejos de las estridencias de Mujeres al borde de un ataque de nervios y con un poso emocional devastador. Es la película donde se aboca a una de sus mayores transformaciones en términos discursivos y narrativos: suelta las amarras del pudor y se desnuda entre los velos de la ficción.

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Antonio Banderas en "Dolor y gloria"

Antonio Banderas en "Dolor y gloria"

“Soy una persona pudorosa, pero he ido perdiendo el pudor en mis últimas películas. No he querido que se supiera absolutamente nada de nadie que haya formado parte de mi vida, ni de los hombres ni de las mujeres. He mantenido siempre esas puertas cerradas. En los últimos años, eso ha cambiado un poco”, reconocía en la entrevista mencionada más arriba.

El “yo” íntimo se aplacó en favor de un “yo” colectivo en su siguiente largometraje, Madres paralelas. Las heridas de la guerra civil española y los desaparecidos se hicieron carne en una película sobre los vericuetos de la maternidad, además de que lo reunió de nuevo con Penélope Cruz en pantalla tras Los abrazos rotos, la última que habían hecho juntos.

Después de eso, Almodóvar se tomó un descanso hollywoodense en una suerte de tridente angloparlante encadenado, que incluyó dos cortos (La voz humana y Extraña forma de vida; el primero es aceptable y el segundo bastante malogrado) y La habitación de al lado, una adaptación de la novela Cuál es tu tormento de Sigrid Nunez, que tuvo a Tilda Swinton y a Julianne Moore como actrices principales. Algo no cuajó del todo en esta aventura por los Estados Unidos, y Pedro salió tan desencantado de los esquemas de producción de esa industria como lo hicimos sus espectadores de las salas en este desvío del que es mejor no acordarse. Hay cosas que son claras: Almodóvar se debe a su tierra.

Por eso la vuelta a casa ha sido celebrada ahí y afuera, en otros espacios que tienen al español en alta estima, como el Festival de Cannes. El máximo evento cinematográfico de occidente tuvo entre su selección oficial a lo más nuevo del manchego, Amarga Navidad, un ejercicio autoficcional casi que en espejo a Dolor y gloria, donde otra vez se abrió el pecho para contar.

Embed - Amarga Navidad | Tráiler Oficial

Dolor y gloria abordaba dolores físicos que atenazan al protagonista”, decía durante la conferencia de prensa en Cannes, al presentar su nueva película. “En esta, el dolor es moral, le paraliza y me siento absolutamente reconocido en ese personaje. Esa crisis creativa le lleva a mirar en su interior. Ese director es una figura egoísta. En mi caso, yo no he herido a nadie, y si hubiera sido así, no habría hecho Amarga Navidad. Pero los creadores somos egoístas, nos alimentamos de lo que nos rodea. Es un debate sobre esa culpa y la responsabilidad moral”.

Amarga Navidad se puede ver desde el jueves en cines uruguayos y está protagonizada por Leonardo Sbaraglia —que “evolucionó” de secundario prodigioso en Dolor y gloria a alter ego del director en este caso— y Bárbara Lennie. Originalmente fue un relato que Almodóvar escribió en 2003 y publicó en su libro El último sueño, publicado por Reservoir Books en 2023. La película plantea la historia de un bloqueo creativo, de una narración a dos tiempos y dos dimensiones, de un dolor que se desdobla en la ficción y en la realidad. En algún sentido, es el propio Almodóvar el que somete a examen a la autoficción y a la creación bajo la lupa del cine. En el medio: el duelo y la finitud, ese tema del que el último tercio de la filmografía del español no ha podido escapar.

Pedro Almodóvar en el Festival de Cannes 2026
Leonardo Sbaraglia, Pedro Almodóvar y Bárbara Lennie en el Festival de Cannes 2026

Leonardo Sbaraglia, Pedro Almodóvar y Bárbara Lennie en el Festival de Cannes 2026

“Hay mucha ficción, pero ningún invento. Estoy absolutamente presente y totalmente ficcionado. En realidad, si hiciera una película hablando de mí, sería muy aburrida. La ficción es necesaria siempre. A veces bordeas ese sentimiento. No mientras escribes, porque ahí manda la pasión por la historia. Pero, cuando terminas, la pregunta aparece: si has ido demasiado lejos, si tenías derecho a contar eso. Claro que te lo planteas, porque si no serías un psicópata”, decía el director sobre su más reciente película.

“Yo creo que cada uno sabe dónde está el límite. Cuando escribo, me siento totalmente libre. Pero también creo que hay una sensibilidad moral que te hace saber hasta dónde puedes llegar. Se trata de no hacer daño a nadie”, agregaba, en un mantra similar al que, por ejemplo, adhieren otros artistas que han tenido que lidiar con la forma en la que su vida y su intimidad se entremezcla con su obra.

Parece ser, de todos modos, que Almodóvar se cansó o tuvo suficiente. Durante su conferencia en Cannes dijo que está ”harto” de sí mismo y que está hambriento de “nuevos mundos y otros caminos”. Es probable que eso esté por venir, aunque es probable, también, que dejar de lidiar con su vida en el cine sea acaso más complicado de lo que, hoy, con esta película fresca y en cartel, le parece.

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