En Uruguay tenemos varios problemas estructurales que, de no mediar modificaciones profundas, hipotecarán el futuro y las probabilidades de desarrollo. Un ejemplo de ello es la baja tasa de egreso de la formación secundaria.
Para 2019, solo el 43% de los jóvenes de entre 21 y 23 años habían finalizado el liceo, pasando al 51% en el año 2023. Lejos aún de las tasas de egreso que ostentan incluso otros países latinoamericanos. Los países crecen y se desarrollan, entre otras vías, con el incremento de la productividad de los factores, en particular el factor trabajo. Tener la capacidad de aportar más y mejor valor a la economía a través de nuestras labores. Además, en nuestro medio, es notoria la relación positiva existente entre incidencia de pobreza y años acumulados de estudio. En esto creo que hay consenso generalizado.
Tenemos un gran problema. Debemos incrementar las tasas de egreso de formación secundaria. Cuando existe un problema de estas características lo que toca es el diseño e implementación de políticas públicas que logren atender el problema identificado. En cierta forma, el objetivo de las políticas públicas puede ser definido como el de reducir las decisiones subóptimas por parte de los individuos y corregir posibles efectos negativos de estas decisiones para la sociedad.
No obstante, el éxito de esas políticas públicas depende crucialmente de la respuesta de los ciudadanos ante ellas. Por tanto, a la hora del diseño de la política pública, debiéramos entender el contexto y comprender el modo en que la población objetivo toma las decisiones que están provocando el problema que la ha disparado.
Imaginemos pues, un joven en contexto vulnerable en Uruguay que toma la decisión de dejar de estudiar. Seguramente no sea una decisión impulsiva de un día para el otro y seguramente los motivos sean diversos. La teoría económica clásica tiene un enfoque basado en la razón. A partir de este enfoque, los seres humanos tomamos decisiones optimizadoras que redundan en beneficio propio.
De modo que a la hora de elegir, por ejemplo, seguir en el liceo o no seguir, los individuos son capaces de valorar correctamente el beneficio (“la utilidad”) que deriva de las consecuencias de cada opción (seguir o no seguir) y siempre eligen aquella que reporta más satisfacción desde el punto de vista de la utilidad.
Este enfoque basado en criterios racionales, frente a una potencial política pública que implique el pago por parte del Estado de un bono económico de $ 220.000 por finalizar el liceo, el individuo será capaz de valorarlo correctamente incrementando la ponderación de la alternativa “seguir en el liceo” y alcanzar la graduación. Incentivos económicos para seres racionales, parece algo lógico.
¿El problema? En los últimos 50 años, la economía del comportamiento viene demostrando que la inmensa mayoría de las acciones de los seres humanos no están basadas en el principio de la racionalidad. Cometemos errores en la toma de decisiones que se alejan de la opción óptima que podría maximizar nuestro bienestar.
Continuando con el ejemplo, es posible que basados en principios de racionalidad, el individuo que está decidiendo dejar el liceo o continuar, la opción que seguramente maximice su bienestar sea continuar y graduarse, dados los vínculos con el desarrollo de sus oportunidades en el futuro. Nuestro proceso de toma de decisiones frecuentemente no consiste en un cálculo frío valorando alternativas, sino que se basa en decisiones no meditadas en su justo término, en base a sesgos o atajos mentales.
Entender qué factores apartan a los jóvenes de la decisión óptima de continuar el liceo es clave para diseñar la política pública que de respuesta al problema. Por ello, los máximos exponentes de la economía del comportamiento han profundizado en cómo influir en la toma de decisiones de los seres humanos mediante “pequeños empujones”, sin alterar significativamente los incentivos económicos ni restringir la libertad de elección.
Los "nudges" son intervenciones sutiles en la "arquitectura de elección", que es el entorno en el que las personas toman decisiones. La idea es diseñar este entorno de manera que se guíe a las personas hacia comportamientos más beneficiosos para ellas o para la sociedad, aprovechando sus sesgos cognitivos y limitaciones psicológicas. Un enfoque más real y humano, con la virtud de intentar comprender verdaderamente a la población que será objetivo de la política.
Es posible que en aquellos individuos que estén considerando dejar el liceo por un incentivo económico (ayudar con las cuentas en casa, poder consumir bienes o servicios en base a recursos propios, etc) muchos de ellos tomarán la decisión bajo sesgos de la inmediatez. En términos generales, preferimos consumir hoy que la promesa de consumir más mañana. Aquellos individuos que estén considerando alejarse del sistema educativo por otras razones no estrictamente económicas , difícilmente un incentivo económico en el punto de llegada, logre modificar su comportamiento.
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Diego Battiste
En estas circunstancias, la autoridad tiene el deber de diseñar “la arquitectura de la decisión”, el menú de opciones disponibles, de manera que maximice el bienestar real del joven, sin limitar de manera efectiva las opciones que éste pueda tener, una especie de paternalismo libertario.
Los bonos económicos de recompensa operan sobre uno de los tipo de motivaciones que tenemos los seres humanos, las llamadas motivaciones extrínsecas, que tienden a dispersarse luego de recibida “zanahoria”. De modo que si lo que buscamos es desarrollar cultura de estudio y aprendizaje, debemos bucear sobre las motivaciones. intrínsecas de nuestros jóvenes. ¿Cuáles son sus intereses? ¿Con qué sueñan? Si la obsesión es un indicador (tasa de egreso de secundaria) habrá varias formas de mejorarlo rápidamente, quizás un incentivo económico recoja algunas voluntades para dar un salto pero no será una guía eficaz para modificar el comportamiento genuino hacia decisiones que construyan futuro.
Durante el próximo quinquenio la población “orgánica” que entre al liceo comenzará a descender. Los nacimientos han comenzado a reducirse de forma significativa desde el 2016, por tanto en 2027-2028 los niños que no nacieron serán los jóvenes que no estarán ingresando a secundaria.
Frente a esa disminución demográfica, tenemos la oportunidad, con la dotación de recursos dada, de mejorar realmente el proceso de formación educativa, que promueva el desarrollo de mujeres y hombres libres, intelectualmente inquietos y emocionalmente humanos.