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7 de mayo 2022 - 5:04hs

Algunos libros, un par de objetos, un soporte pintado del típico color verde del Plan Ceibal y, encima, la foto del directorio de ese histórico programa coronan una repisa al costado del escritorio del ministro Pablo da Silveira. El jerarca se acerca a esos estantes una y dos veces para buscar documentos que sustenten lo que está diciendo. Allí amontona, por ejemplo, varios ejemplares de un cuadernillo azul y letras blancas que el secretario de Estado muestra con orgullo: es el Plan de Política Educativa Nacional.

En su luminoso despacho del noveno piso del Ministerio de Educación y Cultura, sobre la calle Reconquista y con una vista prodigiosa a la bahía montevideana –que se observa mediante unas ventanas prominentes que el ministro bromea con que se parecen a las de los barcos de Buquebus–, Da Silveira dialogó con El Observador sobre "dos caras" a la hora de evaluar las consecuencias de la emergencia sanitaria en la enseñanza, de los tiempos prolongados que implican la transformación educativa y de la marcha del gobierno en general.

A continuación, un resumen de la entrevista.

La enseñanza transita su primer año de normalidad luego de la emergencia sanitaria. ¿Cómo se evalúa el impacto de la pandemia en la educación?
Si lo miramos en términos comparativos, nos fue mejor que a muchos otros países. Hay varios estudios que confirman que el impacto en el aprendizaje fue significativamente inferior en Uruguay, incluso respecto a países de la región. Tuvimos más tiempo con las escuelas y liceos abiertos; el Plan Ceibal hizo un aporte formidable para atenuar los efectos de la pérdida de la presencialidad y hubo una reacción fantástica de los docentes. Muchos apenas habían usado la plataforma, pero cuando se volvió el único instrumento de contacto todos se volcaron allí con un esfuerzo personal muy grande. Si miramos la situación respecto a lo que hubiera sido un período sin pandemia es indudable que dejó costos que tenemos que mitigar y no podemos ignorar. Son dos caras de una misma moneda. 

Una de las grandes consecuencias en términos educativos es la profundización de las inequidades educativas. ¿Cómo se atenúan? ¿Se puede recuperar el tiempo pedagógico?
Las mismas brechas que había en la presencialidad se trasladaron a lo digital. Los que menos se conectaron son los mismos que generalmente tienen los resultados más débiles en términos de aprendizaje. Esa tendencia se mantiene y nos confirma que ahí está el gran problema de la educación uruguaya. La inequidad nos pone en conflicto con nuestra propia historia porque la escuela siempre fue el gran generador de oportunidades y eso hoy en día no lo estamos consiguiendo. Es un tema complejo que requiere de soluciones complejas, pero muchas de las cosas que estamos haciendo tienen que ver con dar respuestas a ese tema fundamental.

Diego Battiste Da Silveira dijo que no le extraña la postura de los sindicatos.

Algunos actores han hablado de la necesidad de acelerar los cambios en la enseñanza. ¿Qué valoración hace del proceso de transformación educativa?
Lo que me interesa señalar es que no es correcto decir que recién estamos comenzando. Con la Ley de Urgente Consideración (LUC) se hicieron una gran cantidad de modificaciones muy significativas, pero como fueron de una sola vez se dio un efecto de que la gente no perciba su real dimensión. Lo que sucede es que con el fin de la pandemia algunas cosas se aceleraron y otras pudimos comenzar a hacerlas, pero la idea de que la transformación educativa comienza recién no es una idea correcta.

¿A qué cambios hace referencia más concretamente?
Se han hecho un montón de cosas. La creación del Plan de Política Educativa Nacional es un resultado de la LUC y se basa en la obligación, ahora establecida por ley, de que cada gobierno informe a la ciudadanía a través del Parlamento cuál va a ser su política en materia educativa. En Uruguay pasa algo muy raro y es que cuando va a cambiar el ministro de Economía estamos habituados a que se discuta cómo va a manejar la inflación y el déficit fiscal, pero en Educación apenas se dice quiénes van a ser los jerarcas y no de lo que piensan ejecutar.
También se empezó a preparar el proceso de reconocimiento universitario de la formación docente con el seminario Nuevos Rumbos y se introdujeron cambios en el marco general de la enseñanza, como la eliminación de los consejos desconcentrados que funcionaban en la ANEP.

Más allá de si comenzó antes o después, algunas autoridades reconocen su preocupación de que la transformación no llegue a completarse antes del fin del período.
Es verdad que hay cosas que se enlentecieron. Una es el proceso de transformación curricular y otra es el de la instalación de un nuevo modelo de gestión que está asociado a los Centros María Espínola. Las autoridades de ANEP tuvieron que concentrar toda su atención y su tiempo en todas en las demandas que generaba la atención de la pandemia.

¿Eso qué consecuencias trae? ¿Puede que la transformación no llegue a terminarse antes del cambio de gobierno?
En realidad, no puede terminar nunca. Por eso nosotros no hablamos de “reforma” sino de “transformación”. Lo primero transmite esa idea de que hay un conjunto de cambios que se hacen de una vez y que cuando se concretan ya está, pero esa es una visión muy antigua. Nosotros hablamos de un proceso permanente donde nunca hay un momento que decimos “se terminó”.

Pero si la coalición no retiene el gobierno, se puede suponer que algunas de las transformaciones previstas queden por el camino.
Es lo normal en democracia. Las políticas públicas son una combinación de continuidades y rupturas. Tenemos procesos atrasados y no podemos negar que el coronavirus nos perjudicó, sería absurdo suponer que pasamos por dos años de pandemia sin que nos haya afectado. Pero no es cierto que hasta ahora no se haya hecho nada.

¿Pueden quedar promesas por el camino?
Nuestro punto de referencia es el Compromiso por el país, que fue el documento que consensuamos entre los cinco partidos de la coalición y con eso nos presentamos a la segunda vuelta electoral. Yo voy a estar 100% satisfecho si todo lo del programa se cumple y voy a estar menos satisfecho si se cumplen menos.

Usted mencionaba la titulación universitaria como uno de los cambios ya instrumentados, pero el Sindicato de Docentes de Formación en Educación (Sidfe), por ejemplo, dijo que se trataban de “títulos de cartón”. ¿Qué evaluación hace?
Que no me extraña. Lamentablemente los sindicatos de la enseñanza se han opuesto a todos los cambios que se intentaron en la educación desde la vuelta de la democracia, salvo lo que les daban más poder en la gobernanza del sistema. Se opusieron hasta al Plan Ceibal que es una de las mejores cosas que le pasaron a la educación uruguaya en la historia. En todas estas décadas los sindicatos han sido una fuerza tremendamente conservadora y opositora. ¿Por qué íbamos a esperar que actuaran distinto con lo que nosotros estamos proponiendo?

Otra de las cosas que proponía el MEC era lograr una mayor coordinación con la ANEP. ¿Qué evaluación se hace?
Se logró avanzar mucho. No en una cuestión institucional porque las normas siguen siendo las mismas, pero sí en un tema de mentalidad. En los últimos años se había instalado la idea de que el respeto por la autonomía implicaba la prohibición de hablarse y eso era insostenible. No invadimos ni intentamos imponer decisiones, pero sí podemos dialogar y hacer planificaciones estratégicas en conjunto para sumar los esfuerzos que se hacen en cada ámbito institucional.
Un buen ejemplo es lo que pasa con el Plan Ceibal. En el directorio ahora está el ministro de Educación y el presidente del Codicen como representantes del MEC y la ANEP. Compartir esa mesa cada 15 días hace que todo el tiempo se definan políticas educativas coordinadas y que Ceibal deje de ser una especie de experimento exitoso que funciona aislado para pasar a ser un instrumento al servicio de la educación uruguaya.

¿Dónde va a poner el foco el MEC en la próxima Rendición de Cuentas?
Como siempre, en tratar de conseguir más plata. Vamos a ver cómo nos va y en qué rubros especificamos.

¿Ya hay alguna determinación?
Vamos a ver. Estamos en plena discusión del asunto.

Durante la campaña por el referéndum hubo bastante discusión respecto a la cartelería en centros educativos y en los últimos días volvió el debate por las pinturas en las fachadas. ¿Cree que es una discusión relevante?
Sí, sin lugar a duda, porque tiene que ver con nuestra cultura cívica y con la práctica cotidiana de una libertad absolutamente fundamental como la libertad de expresión que, aunque se tiene que preservar a rajatabla, no implica que cualquier vehículo sea adecuado para transmitir ideas. Creo que en el debate se plantearon dos puntos que son importantes: primero, la cuestión de cómo tienen que actuar instituciones que son financiadas por todos los uruguayos y que tienen en su interior personas que piensan diferente; y segundo, el punto de la preservación patrimonial. Hay edificios que son muy buena arquitectura en nuestra red de locales educativos que merecen ser tratados con el cuidado que hay que tener. Una cosa es pintar un muro en un terreno baldío y otra pintarrajear el muro de un edificio que tiene su nobleza y su dignidad estética.

¿Pero es una discusión relevante con los problemas de infraestructura que hay? En las redes sociales algunos decían que en el IPA, por ejemplo, no se pueden abrir algunas ventanas.
Una cosa no quita lo otra. Lo único peor que en el IPA haya dificultades con las ventanas es que, además, la fachada esté deteriorada. No mezclemos aserrín con pan rallado.

En una entrevista con La Diaria dijo que era un error conceptual centrarse en los recursos y que el foco debían ser los resultados. ¿Lo ratifica? ¿Se pueden obtener buenos indicadores sin suficiente presupuesto?
Obviamente que hacen falta recursos, pero eso no significa que aumentarlos garantice que se van a alcanzar resultados, o que se van a llegar con tasas de eficiencia razonables. Los 15 años del Frente Amplio son una demostración en ese sentido porque el presupuesto se multiplicó casi por tres sin que se resolviera casi ningún problema de fondo. Nosotros no estamos obsesionados con la eficiencia, es una cuestión de justicia. Cuando tú gastás mal y sin conseguir resultados te quedás con menos recursos para satisfacer otras necesidades; en esto no hay ningún misterio. Es algo que todos aplicamos en nuestra vida privada. Si te vas de vacaciones, gastaste mucha plata y pasaste las mejores vacaciones puede estar muy bien, pero si pasaste horrible, perdiste por todos lados

¿Cómo ve la marcha del gobierno en general? Usted fue uno de los principales articuladores del programa de Luis Lacalle Pou.
Lo veo muy bien y con una altísima legitimidad. Superó una elección de medio término manteniendo su electorado y eso le dio un enorme respaldo. Nos ha tocado un período muy complicado con la pandemia primero y la guerra en Europa después, pero no hay que quejarse porque a cada gobierno le toca el contexto que le toca y lo más importante es saber responder a los desafíos de la manera más adecuada y creo que lo estamos haciendo. Tomamos decisiones acertadas como cuando nos pedían cuarentena y seguimos con la libertad responsable, manejamos fantásticamente bien el tema sanitario, y saneamos la economía al mismo tiempo que invertimos para dar respuesta a la pandemia. Creo que el gobierno está funcionando muy bien y que el principal factor que lo explica es el liderazgo de Luis Lacalle Pou. Tenemos un gran presidente de la República.

A propósito, en su condición de filósofo: ¿cómo ve el concepto de “libertad responsable” que manejó el presidente?
Es un concepto que se enraíza con las mejores tradiciones del país y se apoya en una comprensión profunda de lo que significa libertad, que no es hacer lo que quiero y desentenderme de las consecuencias. Por el hecho de decidir sin aceptar tutelas me tengo que hacer cargo de lo que hago y tenerlo presente a la hora de tomar decisiones. Eso está en el núcleo de la comprensión filosófica de la libertad desde la época de Aristóteles hasta hoy: creo que este gobierno y el presidente tuvieron una formidable capacidad de sintetizar una idea filosóficamente profunda y compleja en un mensaje político claro, que se tradujo en una línea de acción muy coherente.

Algunos esperaban que usted tuviera un rol más protagónico en el gobierno, en parte por el papel que había jugado durante la campaña electoral.
Protagonismo no significa salir todo el tiempo en los medios de comunicación. Algún bobo confunde esas dos cosas, pero son temas muy diferentes.

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