Desgraciado, inocente, cruel, racista, infantil, animal, prejuicioso y repugnante son algunos de los matices que logra plasmar César Troncoso en su interpretación de Edmond Burke, el siniestro personaje ideado por David Mamet, que cobró vida en Montevideo, bajo la dirección de Gabriel Calderón.
Edmond gira en torno a un trabajador de cuello blanco de la ciudad de Nueva York que hastiado de la rutina decide abandonar su hogar e ir en busca de algo que lo haga sentir vivo. Así, se embarca en una azarosa odisea nocturna que lo lleva por bares, burdeles y centros de juego, y se ve enfrentado a un mundo agresivo, indiferente y conmovedor.
“Me pasé la vida trabajando”, grita, indignado y desbordado de frustraciones cuando el mundo exterior, del que prácticamente no conoce nada, no hace más que golpearlo. Su desgarrada frase remarca que en su mente ya se soltó la correa del victimario y que difícilmente pueda volver a sujetarse.
Si bien en el texto, escrito originariamente en 1982, la acción recae casi en un 100% en el personaje de Edmond (como también sucede en la película homónima, protagonizada por William H. Macy), Calderón optó por darle varias pinceladas propias como los intermedios coreográficos, la agilidad en la representación y una escenografía más simbólica que realista. En este sentido, pese a que Edmond sigue siendo el protagonista, la puesta resulta más coral.
Sin embargo, más allá de los aciertos de la puesta, puede que el público joven fiel a Calderón quede algo decepcionado, si va en busca de los guiños crueles sorpresivos, que suelen asociarse al director, fundamentalmente, en los textos que son de su autoría.
Entre los escasos objetos que se utilizan en la obra se destacan unas máscaras de aves, que portan los propios personajes que rodean a Edmond, cuando están en contra escena.
Su utilización permite despegar la puesta del realismo y agregarle un toque onírico, y abstracto que invita a contemplar la obra más allá de la historia particular.
Su presencia también es un anticipo. “Creo que somos como las aves. Sospechamos cuando hay un terremoto y creo que en nuestras almas notamos que va a haber un cataclismo.(...) Hay un destino que da forma a nuestros finales y los tallamos toscos como podemos.”, reflexiona Edmond en la cárcel, luego de haber asesinado.
Más allá del oscuro final de la obra, al menos la existencia de Edmond se torna más reflexiva, y en este sentido también más viva: “¿Crees que vamos a algún lado cuando morimos?, ¿Crees que esto sea el infierno?”, se pregunta ya reconciliado con su violador. Así liberado de sus peores miedos y sombras, logra conocerse un poco más a si mismo y hasta parece listo para sacar algo bueno de sí.