Santiago González sorprendió dos veces en su carrera política. La primera fue en 2005. Era el 15 de febrero y asumía la nueva legislatura que por primera vez en la historia tenía mayoría del Frente Amplio. Una hora antes de comenzar la sesión, en la casa del entonces senador wilsonista Jorge Larrañaga –que había sido el candidato a presidente más votado del Partido Nacional desde la apertura democrática–, González se cambiaba la camisa empapada por el sudor de los nervios. Su líder político –y presidente del Directorio blanco– le había ofrecido ocupar el cargo de secretario del Senado y no dudó en aceptar.
La segunda sorpresa la dio 15 años después y, nuevamente, como ocurrió a lo largo de su cuarto de siglo que lleva en política, el promotor fue Larrañaga.
Lo eligió para ocupar un cargo que, durante la gestión de ministro Eduardo Bonomi, había tenido destaque y visibilidad a través de Gustavo Leal.
“Yo jamás le pedí nada a Larrañaga, ni un cargo, un sueldo, un contrato, nada. No soy así. De hecho, nunca le pedí nada a nadie, nunca hice un acuerdo para un cargo, y no lo haría”, dice a El Observador desde uno de sus dos despachos, el más cercano al del ministro del Interior, porque también es uno de sus asesores, concretamente en temas carcelarios.
El pasado 27 de abril, en una entrevista que concedió a El Observador tras asumir, González –46 años, casado hace 19, padre de tres hijos– reconoció que sus virtudes no provenían de la formación académica, sino del “conocimiento de la realidad”.
Amparado en la confianza que Larrañaga tiene en él, González logró el respaldo del ministro en todo momento y obtuvo una coraza que le permitió imponerse en distintas diferencias sobre política policial que tuvo con Erode Ruiz, el exjefe de Montevideo que fue cesado de su cargo el 26 de octubre por haberse reunido con Leal sin haber informado al ministro, y por no haber participado al propio González en una conversación que lo involucraba como jerarca.
Camilo dos Santos
El principal tema que trataron ambos fueron las usurpaciones de viviendas que se habían registrado en setiembre en el barrio 19 de Abril, de las que Leal tenía un conocimiento directo, y sobre lo cual Ruiz prefirió tratar con él y no con González, con quien no tenía buena relación.
Larrañaga se enteró de ese encuentro por la prensa y citó a Ruiz en el ministerio. Le reclamó que no le hubiera consultado antes sobre esa reunión, y que en lugar de trabajar con González lo hiciera con Leal, quien había sido anunciado como ministro del Interior si ganaba las elecciones el frenteamplista Daniel Martínez.
Como consecuencia, Larrañaga le pidió la renuncia al jerarca policial. El secretario de Estado discrepaba con su forma de trabajar, y además había acumulado “encontronazos” con él por cada vez que debía salir en defensa de González cuando este y Ruiz discutían, contaron fuentes cercanas al exjefe de Policía, pese a que desde el Ministerio del Interior dijeron que no existieron tales conflictos.
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Las intervenciones del ministro no se limitaron solo al vínculo entre su mano derecha y el exjefe. Larrañaga ha tenido que interceder por él en otras ocasiones a lo largo de los ochos meses que lleva en el cargo, y en el que ha trabajado sin descanso desde el domingo 1º de marzo en que entró al ministerio y eligió casi por azar una oficina que encontró libre al abrir la puerta, y en donde se instaló como director de Convivencia.
Impulsivo y de carácter hosco, González tuvo conductas que le generaron conflictos tanto dentro del ministerio como con organizaciones que operan por fuera, como la sociedad civil Nada Crece a la Sombra, y que por convenio con el gobierno interviene con talleres educativos dentro de las cárceles.
En la cúpula ministerial también desmienten el mal relacionamiento con los representantes de esas organizaciones, y lo adjudican a “habladurías inciertas”.
Otras fuentes policiales, sin embargo, indicaron que González ha actuado con un margen de discrecionalidad que molestaba a Ruiz y a otros mandos jerárquicos de la Policía, quienes nunca se tomaron a bien que un director civil diera directivas a comisarios o que incluso se presentara ante los medios como un policía, en algunas ocasiones vistiendo la campera del uniforme oficial de la Guardia Republicana.
Sentado en uno de los sillones de su despacho, con voz calmada, González dice tener un “excelente” vínculo con la policía y sus mandos, de quienes tiene un “enorme respeto”. Reconoce que con Ruiz no forjó un vínculo de cercanía, pero niega haber tenido problemas con él. “No tuve una relación de amistad, pero sí de respeto y de trabajo. Normal”.
Sobre la policía, dice que valora “brutalmente su labor, su capacitación, entrega, arrojo, su educación y valores”. Con esa vehemencia salió en defensa de la actuación policial en la plaza Liber Seregni del domingo 1 de noviembre –que terminó con 11 detenidos y tres policías lesionados–, y que fue duramente criticado por varios colectivos y por el Frente Amplio, que incluyó el episodio entre sus razones para interpelar a Larrañaga en las próximas semanas. “No hubo ningún tipo de abuso policial”, dijo en rueda de prensa al día siguiente.
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Con un perfil bajo y alejado del foco de atención, la vida política de González comenzó mucho antes de las tensiones actuales. Fue en 1989. Entonces era un militante blanco que con 15 años ya estaba impresionado por la figura de Wilson Ferreira, muerto un año antes. Poco después se encolumnó tras la figura de Larrañaga, sobre quien tiene muchos elogios pero hay uno que repite más que los otros: “Maravilloso”. “Yo crecí junto a Larrañaga y él ha sido muy generoso conmigo. Creo que hay que valorar la generosidad. Hay que ser leal”, dice.
Tiene nítido en el recuerdo de un mediodía de junio de 2003, con el cielo despejado y el sol que iluminaba a pleno la peatonal Sarandí. Larrañaga salía de la casa del Partido Nacional y le propuso caminar a quien por esos años era su secretario personal y su chofer en las giras. “Era todo. Yo hacía de todo y me apasionaba hacer de todo”, cuenta. Larrañaga se detuvo en la vidriera de una joyería y compró un par de caravanas para la primera hija de González, cuyo nacimiento se esperaba en las próximas semanas. “Es un tipo con un inmenso corazón. Da todo lo que tiene”, dice González.
Allegados al ministro del Interior y al sector de Alianza Nacional no dudan en identificar a González como integrante del círculo más cercano a Larrañaga, y que allí se ha mantenido con el paso de los años, junto al director de secretaría del Interior, Luis Calabria, el senador Carlos Camy, y el director de Ursec, Gustavo Delgado.
Ese es otro mérito de González, haber resistido el desgaste de los años y haberse quedado mientras otros dirigentes formaban nuevos sectores como el Grupo de los Intendentes –con Enrique Antía y Sergio Botana, entre otros referentes– o el senador wilsonista Jorge Gandini –de Por la Patria–, quien ha admitido que ya no integra Alianza Nacional.
González suele participar en reuniones íntimas de Larrañaga, y deja en claro cada vez que tiene oportunidad que enfrentará a quien sea que quiera perjudicar a su líder, hasta en detalles menores. Así ocurrió una vez que mantuvo una discusión en el estacionamiento del Palacio Legislativo para defender el lugar donde estacionaba el auto Larrañaga. “Yo creo que a él le han pagado su obsecuencia y lealtad”, dice Richard Charamelo, dirigente larrañaguista, exdiputado de Alianza y actual director de Ancap.
“Creo que es totalmente complementario con el estilo de Jorge Larrañaga, y que además de ser obsecuente, en el buen sentido de la palabra, es una persona totalmente consustanciada con la causa, y que ha resistido a momentos de críticas dentro del sector”, concluye.