12 de noviembre 2021 - 5:00hs

Los cancilleres Francisco Bustillo y Carlos França se fueron sin hacer declaraciones porque no había algo para decir. O, en realidad, lo que había para informar el lunes 18 de octubre en el Palacio Santos no era cómodo para ninguno de los dos. De hablar con la prensa, el jefe de Itamaraty y el dueño de casa hubieran tenido que buscar algún recurso diplomático para disfrazar lo que había sido la historia de un desencuentro. Y por eso eligieron el silencio. 

El ministro brasileño se hubiera llevado la parte más gruesa en la medida que tendría que haber explicado por qué no pudo cumplir con el objetivo de su misión en Montevideo. Había llegado a la sede de la cancillería uruguaya diez días después de sacudir al Mercosur junto a su par argentino, Santiago Cafiero, al acordar de forma bilateral la reducción del Arancel Externo Común (AEC) del bloque en un 10%. Si los dos gobiernos más distantes de Brasil y Argentina de la historia del Mercosur habían podido reeditar "la vieja trenza", entonces el gobierno aperturista de Luis Lacalle Pou también brindaría el consenso necesario para sellar la negociación, razonaron los brasileros con cierta lógica.

Pero eso no fue lo que se encontró França en su corta estadía montevideana. Al plantearle el asunto a su par uruguayo, se chocó con la firme posición de Bustillo que condicionó el apoyo de Uruguay a que en el mismo paquete ingresara la “flexibilización” del Mercosur o, en su defecto, la tan ansiada declaración política de Brasil sobre la posibilidad que Uruguay negocie por fuera del bloque de forma bilateral.

Ni una cosa ni la otra ha estado en los planes de Itamaraty todo este tiempo, cuya visión difiere de la del ministro de Economía, Paulo Guedes. Los guiños del “superministro” (en declive) de Jair Bolsonaro alentaron a que el gobierno uruguayo lo tomara como el principal canal e interlocutor para establecer una estrategia común de un solo nudo: flexibilización y baja del AEC. El cortocircuito interno entre Economía y Relaciones Exteriores en Brasil también le pasó factura a la relación con Uruguay. Itamaraty, un músculo con capacidad de moverse siempre con relativa autonomía, entendió que el puente que la diplomacia uruguaya había construido hacia Guedes podía constituir una falta de código diplomático. 

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En ese mundo eso no se dice pero se nota en las formas de proceder. De hecho, a modo de ejemplo, en uno de los viajes que se hicieron a Brasil se había coordinado una reunión entre Bustillo y la ministra Azucena Arbeleche con Guedes. Luego de agendar el encuentro, la cancillería uruguaya pidió una audiencia a Itamaraty para cumplir con las formalidades. Pero la diplomacia brasilera, habiéndose enterado que la reunión con Guedes no se había organizado a través de ese canal, le negó la reunión a Bustillo. Arbeleche viajó sola a Brasilia el 3 de setiembre porque al canciller le avisaron a último momento que no tendría el encuentro. Para ponerle paños fríos a la situación tuvo que bajarse del avión. Esa fue la primera expresión de enojo de Itamaraty. 

Leonardo Carreño El canciller Francisco Bustillo y la ministra de Economía, Azucena Arbeleche

Un mes después França se fue de la reunión con Bustillo en Montevideo con un poco de fastidio por la negativa uruguaya. La baja del AEC era una decisión sin impacto para Uruguay –o incluso favorable–, pero para Brasil valía mucho. El gobierno de Bolsonaro, que lucha con una inflación en alza, estaba decidido a dar una señal de apertura interna. También se ha interpretado como un paso importante para alinear los aranceles de Brasil con el promedio impuesto por los miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Por eso aún sin tener el consenso en el Mercosur –y de hecho sin informar formalmente–, Brasil bajó el AEC en un 10% de forma unilateral el viernes 5 bajo la cobertura legal del Tratado de Montevideo de 1980 de la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi), en una nueva muestra de que en esta organización regional no se corta solo quien quiere, sino quien puede. Un día antes el semanario Búsqueda informó que Uruguay había comunicado a Brasil que no acompañaría la iniciativa.

A pesar de la unilateralidad, la movida brasilera mantuvo cierta elegancia, en la medida en que se afirma que no claudicaron de negociar el asunto en el Mercosur para obtener las voluntades de todos los socios. 

¿Libertad para negociar?

Si este momento constituye una bifurcación de senderos o no es un asunto que no encendió alarmas en el Palacio Santos. La lectura que se hace en las altas esferas de la cancillería es optimista en la medida que entienden que la transgresión brasilera evidencia la imperfección de esta zona de libre comercio y legitima la posición uruguaya para ejercer su soberanía negociadora a nivel internacional. Es decir: si hubiera un “costo político” que asumir por romper con el Mercosur, entonces eso ya estaría saldado en este antecedente (y en tantos otros), según entienden.

Diego Battiste El canciller Francisco Bustillo

Eso podría funcionar para el caso que Uruguay fuera Brasil. Pero históricamente a Uruguay le ha costado sudor y lágrimas progresar un milímetro. No lo pudo hacer el gobierno de Tabaré Vázquez luego que recogió la voluntad de China de avanzar en un Tratado de Libre Comercio en 2016, ni en la primera administración del Frente Amplio cuando se presentó la posibilidad del TLC con Estados Unidos y mucho tuvo que conceder Jorge Batlle para conseguir el waiver para negociar con México.

Aún siendo discutible que la normativa actual del Mercosur constituya un impedimento legal, el gobierno uruguayo tiene arriba de la mesa un menú de opciones que van de lo formal a lo político: podría intentar ir por su waiver o seguir procurando “flexibilizar” la organización a través de una resolución acordada, o también insistir con una declaración política explícita o trabajar por un silencio habilitante para tener la certeza que podrá actuar sin el temor a ser castigado por los hermanos mayores. En cualquier caso el premio solo se puede conseguir a través de negociación diplomática. El próximo round será el 24 y 25 de noviembre en el Grupo Mercado Común. 

Sergio Lima / AFP Reunión entre Lacalle Pou y Bolsonaro

Las diferencias con Brasil en este momento marcan el punto más bajo de las relaciones entre los gobiernos de Lacalle Pou y Bolsonaro. El presidente brasilero fue uno de los pocos mandatarios que escuchó al uruguayo hablar sobre la imperiosa necesidad de modernizar el Mercosur el 1 de marzo de 2020 en el Palacio Legislativo.

La visión compartida en materia de comercio exterior y sobre la obligación de adaptar el bloque regional a los desafíos del mundo actual marcaba un momento político ideal para procurar algunos cambios y hacía evidente quién sería el principal aliado uruguayo para esa tarea. De igual manera, el gobierno tenía muy claro desde el inicio que Argentina no lo acompañaría en esa movida estratégica. 

Por eso resulta llamativo que a 20 meses de haber iniciado la actual administración exista una distancia con su principal aliado coyuntural y ahora luzca algo aislado en el Mercosur. 
 

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