1 de junio de 2026 5:00 hs

La piedra que apenas aparece entre los trazos a cielo abierto permite imaginar lo que una vez fue la pared en la que dos adolescentes se acercan tímidamente mientras esperan el ómnibus, sobre la que una señora confía el peso de su cuerpo y carro de las compras, donde un hombre lee un aviso ajado: aprenda tarot en 2 meses. Capas detrás de capas, de marcas de otros tiempos. Una escenografía de Montevideo.

Cada tanto las noticias regresan sobre los muros: sobre los graffitis y las pintadas entre los rastros de esperanzas electorales, proclamas políticas, declaraciones de amor, expresiones de ánimo y amenazas futbolísticas que otros han dejado sobre los edificios. Son diálogos en tensión constante sobre la superficie de la ciudad.

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Pero debajo de esa discusión que arrebata cada vez más la agenda mediática puede haber una pregunta: ¿Qué dicen las paredes de Montevideo sobre el vínculo de sus habitantes con la ciudad? O, como dice el investigador Javier Dotta: ¿cómo se desarrollan esas estructuras narrativas visuales de las cuales somos parte?

“A todos nos interpelan para bien o para mal: abrimos la puerta de nuestra casa y estamos acostumbrados a tener publicidad o a ver cartelería encima de cualquiera de los negocios y esas son expresiones que son consensuadas, que son legales, pero hay otras que funcionan sin ningún tipo de regulación y que son expresiones visuales que no entendemos”, sostiene.

Esa pregunta fue la que llevó al decano de la Facultad de la Cultura del CLAEH, a iniciar hace una década una investigación sobre el graffiti en Montevideo.

Es un fenómeno que al menos tiene 30 años funcionando en nuestro país pero recién ahora comenzamos a hablar de esto de una forma más profunda o más intensa, nos interpela y pensamos si esto es vandalismo o si no lo es, cuál es el marco legal que podemos utilizar, cuáles son otras experiencias en otras ciudades”.

Después de décadas de uso, las paredes de Montevideo llevan las marcas de su historia. Y la historia de sus habitantes. Hasta que se convierte en parte del debate sobre el espacio público. “A esta altura me parece casi un trabajo arqueológico, porque veo firmas que son las mismas que miraba hace 20 o 25 años. Siguen ahí. Entonces se van acumulando capa tras capa tras capa tras capa, y en un momento ya es algo más que evidente”.

Montevideo, en aerosol

Desde niña Min8 fue una observadora de la calle y de todo lo que aparecía escrito o pintado en ella y de aquellos años recuerda que veía principalmente nombres de bandas o intervenciones aisladas en las paredes. “Había un graffiti que me llamaba especialmente la atención en mi barrio y en las vías del tren: decía Punk y tenía una víbora con un globo de diálogo para que la gente interactuara y lo completara”.

La niña convirtió la calle en su lugar de trabajo, y se convirtió a sí misma en una referente del arte urbano en Uruguay. En el camino, durante casi 30 años, vio cómo se modificó el vínculo de los uruguayos con sus muros. “En los años 80 y 90 los graffitis eran mucho más escasos, pero estaban presentes. Los primeros muros pintados que recuerdo haber visto fueron los de la banda Fun You Stupid en el centro de Montevideo”, recuerda.

Dotta señala que antes de la dictadura la relación de la ciudad con el graffiti estaba anclada exclusivamente con el plano político. En el período de la posdictadura el “graffiti leyenda” abrió camino a un fenómeno híbrido en el que otras expresiones empezaron a tomar la ciudad.

Hacia la década del 90, dice el investigador, comenzó a emerger otro tipo de expresión anclada a una cultura que no es estrictamente visual sino que forma parte de algo mucho más abarcativo. “Se denomina graffiti hip-hop por su origen a finales de los años 60 y principios de los 70 en Nueva York, vinculado al fenómeno artístico del hip-hop”, explica.

Un tag, dice Min8, es en esencia la firma de quien lo pinta. “Es su nombre dentro del mundo del graffiti y una de las expresiones más básicas y fundamentales de esta cultura. Cada persona desarrolla su propia búsqueda estética y decide cómo, dónde y cuándo utilizarlo”.

Si se presta atención, hay muchos nombres que se repiten en las calles de Montevideo. El tag funciona, según Dotta, como una firma para marcar una presencia temporal y territorial. Una forma de decir yo estuve aquí. “Si afinas el ojo ves el mismo tag repetido en la misma cuadra en distintos momentos históricos”.

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“Para muchos representa una forma de construir identidad, de hacerse visible y de dejar una huella en el espacio urbano. También puede ser una manera de sentirse parte de una comunidad o de una cultura determinada”, dice Min8 y señala que, como ocurre con cualquier expresión artística o cultural, “las motivaciones son diversas y dependen de cada individuo”.

Lo que es invariable es esa característica identitaria: “El tag es el nombre del artista y el momento en que lo elige es, de alguna manera, su segundo nacimiento”.

Javier Dotta también hace énfasis en el rasgo de identidad, y expresa cierta preocupación por la "generalización del concepto de vandalismo" para un fenómeno que entiende mucho más complejo.

“Lo que hay atrás es un plano de interrelación de convivencia y de búsqueda de identidad para muchísimos adolescentes a través de la expresión visual. El graffiti es un lugar que debemos entender para poder explotar mejor, porque se juntan a pintar un muro como parte de su expresión más íntima y personal. Ahora, si eso después configura un graffiti en el balcón de un cuarto piso estamos hablando, naturalmente, de otra cosa. Pero no podemos englobar todo con la misma denominación”.

Tampoco es posible englobar cualquier expresión bajo el entendido del arte urbano. Después de casi tres décadas de trabajo en la ciudad, en las que se especializó en diversas técnicas del muralismo y participó de festivales internacionales, Min8 señala que uno de los cambios más importantes que ha observado tiene que ver con la propia noción de lo que se entiende por graffiti.

“Antes se asociaba casi exclusivamente a una frase, una firma o algo considerado callejero y desprolijo. Hoy, gracias al crecimiento de la cultura urbana y al trabajo de muchos artistas, esa percepción ha cambiado. La gente también relaciona el graffiti con murales de gran formato, propuestas visuales complejas, mucho color, técnica y una idea detrás. Eso demuestra una evolución tanto de la disciplina como de la mirada de la sociedad hacia ella”, observa.

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En este sentido, Dotta hace una pregunta central: ¿cuál es nuestra cultura visual urbana?

“Naturalmente estas narrativas visuales no configuran un código como sí lo hace la lengua, entonces no interpretamos lo mismo cuando vemos un graffiti. Ahí empiezan los disensos. No estamos mirando lo mismo. Hay chicos que hacen murales y lo que ven ahí no es lo que estás viendo vos. Y a ellos les parece espantosa la marquesina del kiosco en la esquina de tu casa”, sostiene.

La arquitectura como un lienzo en blanco

Pero debajo de la pintura, los afiches y las marquesinas hay algo más. Un edificio, un comercio, una casa, un hogar. “A menudo cuando se defiende este tipo de intervenciones no se visualiza que detrás de todo esto hay arquitectura. Es como si la arquitectura fuera invisible, como si se ignorara”, señala a El Observador la arquitecta e investigadora Laura Alemán.

“Toda intervención en una fachada es una intervención que, más allá de cómo uno la valore en términos artísticos o estéticos, está incidiendo sobre una obra que ya está terminada”, señala y advierte que se opera sobre otra obra que ya tiene sus propias cualidades, su diseño, su materialidad, su técnica y que tiene “derecho a existir como tal”.

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Sebastián Angiolini, uno de los impulsores del colectivo Montevideo más linda, hace una comparación en el ecosistema del arte. “No se me ocurre ir al Museo de Artes Visuales, ver el retrato de Carlota Ferreira y decir ‘me quiero manifestar, voy a intervenirlo’. ¿Por qué con algunas expresiones artísticas sí y con otras no?”.

Esto, dice la arquitecta, cobra mayor relieve cuando se trata de edificios públicos y más aún cuando son edificios públicos patrimoniales. Cuando esa huella individual deja su rastro en un edificio que es valorado por la sociedad como propio. “Me parece importante cuidar estos edificios que consideramos que son bienes comunes, que son de todos, que son públicos. Desde ese punto de vista una intervención individual es una agresión”.

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Finalmente, señalan, el rol de la autoridad política en estas discusiones. “A mi juicio a menudo ha sido bastante condescendiente con estos fenómenos, ha alentado incluso estas cosas”, dice Alemán y recuerda el episodio del edificio del Instituto de Profesores Artigas (IPA) –inaugurado en 1939 por el estudio de arquitectura De Los Campos, Puente, Turnier– en el que las autoridades de la Administración Nacional de Enseñanza Pública (ANEP) encargaron un mural de su primer director, Antonio Grompone en 2021.

“La arquitectura no es un lienzo en blanco”, dice Angiolini. “Me refiero a no solamente el taggeo, el muralismo o el graffiti, también a la propaganda política, también las intervenciones deportivas y la publicidad. Todo eso hoy lo que genera es una contaminación visual que tiene Montevideo que es terrible”.

Alemán está de acuerdo en este punto: “La polución visual que hay en Montevideo es grave, es enorme, y hay muchos factores involucrados. La que resiste siempre es la pobre arquitectura”.

El “dolor” de Montevideo

Bienvenidos al país de Peñarol. Las palabras amarillas pintadas sobre un fondo negro en el edificio art deco, un edificio patrimonial de la década 1930 en la circunvalación de Plaza Zabala, ocupaban parte de la fachada. En cuestión de horas y con más de 50 personas; cepillos y pinceles, los muros quedaron vacíos. Al menos, hasta el día siguiente.

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“Montevideo más linda nació por el dolor nos daba transitar nuestra ciudad”, dice Angiolini, uno de los promotores del colectivo que desde diciembre de 2025 tomó como propio el objetivo de intervenir a la inversa los espacios públicos y particularmente los edificios patrimoniales de la ciudad.

Lo que comenzó con un grupo de WhatsApp de 30 personas, cinco meses después reúne a 4.500 personas que participan de los grupos y están al tanto de las discusiones sobre la ciudad. No como una crítica a la gestión departamental, remarca, sino como una manera de acercarse a la ciudad que esperan vivir.

Se está hablando del espacio público no solo desde lo académico, no solo los arquitectos y los urbanistas, sino también desde los vecinos; que es ahí donde nosotros apostamos, porque la línea de trabajo que tiene Montevideo más linda es la acción, mediante consenso, y por el amor por la ciudad”, valora.

“Suena un poco cursi, pero no lo inventamos nosotros”, dice Angiolini y cita al geógrafo Yi-Fu Tuan cuando habla de topofilia. En otras palabras, el vínculo que alguien genera con un lugar que siente propio. Uno se siente parte del lugar en el que construyó sus recuerdos. Las esquinas, los parques y las veredas en las que vivió su vida.

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A la primera intervención de Montevideo más linda en la Plaza Independencia le siguió una en la Peatonal Sarandí, el Jockey Club, la peatonal Frugoni –entre la Facultad de Derecho y la Biblioteca Nacional– y recientemente el edificio de Plaza Zabala. Pintan paredes, limpian veredas, despegan afiches y pegotines. Como una cuadrilla de restauradores, un ejercicio inverso de intervención urbana. Una manera de apropiarse, también, del espacio público.

Una ciudad “más linda", dice Angiolini, se traduce en términos de accesibilidad, participación y el derecho al uso del espacio público. “Lo lindo no tiene que ver con lo hegemónico, no venimos a jerarquizar el arte urbano ni decir qué está bien y qué está mal. Venimos desde el argumento a construir la ciudad vecinos y vecinas creemos que es la ideal”.

¿Cómo leemos la ciudad?

Dotta señala que la discusión del graffiti tiene que ver con la discusión mucho más abarcativa del panorama visual urbano en general.

“No es solamente el graffiti, es qué pasa con nuestra publicidad, con la publicidad electoral, con el mantenimiento del ornato público, con los contenedores de basura desbordados. Se van sumando capas. Todo comienza a configurar un escenario visual que nos pertenece”.

Todo revela una fotografía de Montevideo que refleja la forma en que quienes la habitan se apropian y se relacionan con el espacio urbano. Y cuál es el espacio que las autoridades dejan abierto a esa apropiación.

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Min 8 señala que en el debate actual sobre graffiti y espacio público muchas veces quedan fuera de la discusión otras intervenciones visuales presentes en la ciudad, como las pintadas vinculadas al fútbol o a los partidos políticos.

“Si el debate se plantea desde la idea de vandalismo o apropiación del espacio urbano, creo que deberíamos observar todas esas manifestaciones bajo la misma lupa. Los muros son un soporte donde conviven distintas formas de expresión social, cultural y política, y resulta interesante analizar por qué algunas generan más debate que otras”, sostiene la artista.

La aspiración política de un candidato o candidata se extiende más allá de la campaña electoral. La cartelería grita una necesidad de consumo desde medianeras y pantallas. El cuadro del barrio marca su presencia en muros, columnas y veredas. Los colores funcionan como una especie de limitación del territorio. Una fragmentación en zonas de injerencia.

¿Cómo leemos la ciudad? “Hay subjetividades en juego porque uno puede valorar de manera distinta la pintada de un cuadro de fútbol que la de un partido político, por ejemplo, o puede valorar de manera distinta un graffiti de gran calidad artística de un rayón cualquiera. Se complejiza entonces la conversación”, reconoce la arquitecta, pero hay un aspecto que es claro: “El derecho a apreciar la ciudad, a caminar por la ciudad, a ser afectado por la belleza de la ciudad, es un derecho de todos”.

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Son acuerdos sociales o consensos que tienen que ver con el panorama visual que nos corresponde a todos. Sobre esa falta de acuerdo es donde funciona el graffiti. En esa falta de conversación o falta de consenso”, dice Dotta.

Las conversaciones eventualmente regresan al mismo punto: generar acuerdos sociales. Espacios de reflexión y de intercambio sobre la ciudad en la que habitan personas diversas, con diferentes intereses y formas de participación.

Para Min 8 la organización de circuitos dedicados al arte urbano es un camino que “todavía tiene mucho potencial para desarrollarse en Uruguay” y destaca que existen experiencias que demuestran “cómo el arte urbano puede transformarse en una herramienta de integración cultural, educativa y turística”.

La tradición del muralistmo en Uruguay se puede remontar a la década de 1930 y contiene nombres como Joaquín Torres García, Dumas Oroño, Juan Espínola Gómez y Carlos Páez Vilaró. Pero desde hace algunos años hay zonas del país que han decidido crear circuitos especialmente pensados para recorrer la obra de diferentes artistas.

“La ciudad de Aiguá, por ejemplo, ha desarrollado recorridos en torno a sus murales. Una iniciativa que ha recibido el reconocimiento del Ministerio de Educación y Cultura y del Ministerio de Turismo. Además, el proyecto fue declarado de Interés Nacional por la Presidencia de la República en 2025, y actualmente Aiguá forma parte del programa Rutas Culturales del MEC gracias a su circuito de murales”, señala la artista.

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También San Gregorio de Polanco –“una referencia histórica en materia de muralismo en Uruguay”– desarrolla su Museo a cielo abierto con unos 150 murales. Y se han impulsado recorridos similares en Montevideo, como el Festival de Arte Urbano Wang, o el festival 33 Grados en Mercedes.

“Estos ejemplos muestran que los muros pueden convertirse en espacios de encuentro, reflexión y construcción de identidad colectiva, además de generar valor cultural y atractivo turístico para las comunidades”, concluye.

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