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5 de febrero 2026 - 5:00hs

Con dos nominaciones al Oscar (a Mejor película internacional representado a España y a Mejor sonido), una oncena de candidaturas a los Goya y el premio del Jurado en el Festival de Cannes —el reconocimiento a las obras más originales y arriesgadas de la competencia principal— este jueves 5 de febrero llegó a los cines locales la película Sirat, luego de su paso por el José Ignacio International Film Festival.

Dirigida por el cineasta español Oliver Laxe, y con los hermanos Pedro y Agustín Almodóvar como dos de sus productores, Sirat es una de las películas más divisivas y polémicas de los Oscar de este año, algo que deriva tanto del trasfondo de su filmación como de los pasajes más sorprendentes de su historia, que cabe aclarar de entrada, pueden no ser aptos para todos los estómagos y paladares.

Poco de eso, sin embargo, se puede asumir en base a la premisa inicial de la historia y a todo lo que sucede en sus primeros compases. Al principio todo parece bastante sencillo: un hombre español, Luis (Sergi López) llega a Marruecos junto a su hijo, Esteban (Bruno Nuñez) en busca de su hija mayor, Mar, de la que no saben nada hace cinco meses.

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Mar se fue de su casa y cruzó el Mediterráneo para participar de raves (fiestas electrónicas) clandestinas en el desierto. Con esa única pista, el hombre y el niño —junto a su perrita Pipa— van preguntando a los ravers por ella, pero reciben una misma respuesta: no está en esta fiesta, pero hay otra más al sur dentro de unos días en la que sí puede estar.

La rave se interrumpe con la aparición del ejército marroquí. Pasó algo, se ha disparado un conflicto internacional que puede ser o no la tercera guerra mundial, y el mundo que siempre fue peligroso, de repente lo es más todavía.

Pero a Luis no le importa nada más que su hija y se suma a un puñado de fiesteros europeos (todos interpretados por actores no profesionales reclutados de distintas raves) que escapan del cordón militar en dirección a la otra fiesta en dos camionetas mastodónticas en las que viven sus existencias nomádicas desérticas.

Empieza así una road movie con un viaje del punto A al punto B, con los viajeros enfrentando obstáculos en el camino. Hasta ahí, nada raro. Pero cuando Sirat llega a su punto medio se da un quiebre repentino, brutal y sísmico; un golpe de electro-shock que cambia el clima para todo lo que queda de película.

Para bailar esto es una bomba

2-Sirat_@QuimVives

Esa fractura narrativa es, sin dudas, atrevida y arriesgada. Aunque tiene sentido dentro de la lógica que construye la película, es también comprensible que resulte la prueba de fuego para los espectadores: más allá del shock, será el momento en el que Sirat los capture completamente o será el momento en que bajen de la camioneta para siempre.

Y ahora, caminando por un puente tan fino y filoso como el cruce entre el cielo y el infierno de la cosmogonía islámica que da nombre a la película, bajo el riesgo de caer en la llama del spoiler, queda planteada la necesidad de preguntarse para qué sirve ese shock, si es que sirve para algo. ¿Es un shock por el shock mismo? ¿Tiene un objetivo? ¿Las vicisitudes que atraviesan los personajes son castigos para ellos o pruebas de fe que tienen que superar para llegar a un lugar mejor?

En una época donde lo que la mayoría busca en la ficción es confort, seguridad y poca exigencia, las películas como Sirat recuerdan que también es necesario lo contrario, las historias que no resuelven todo y que dejan más preguntas que otra cosa.

Hay una ensalada de temas importante en estas poco menos de dos horas: hay ideas sobre la libertad que pregonan los ravers, todos personajes que dejaron atrás pasados dolorosos y han encontrado nuevas familias y satisfacción en esta nueva comunidad donde todo se comparte —desde el agua y la comida hasta las drogas—, que optaron perderse en el desierto para encontrarse y juntarse con otros rotos y descocidos (seguro no es casual que varios de estos actores/personajes tengan miembros amputados, como refugiados de guerras pasadas).

El cuerpo, justamente, juega su partido, con los bailes hipnóticos de sus personajes y cómo los utilizan de distintas formas a lo largo de su travesía desértica.

Hay una cuestión filosófica y existencial, también, con cierta apertura a la interpretación: puede ser sobre la incertidumbre y lo doloroso de la vida, la importancia de seguir a pesar de la tragedia y el conflicto, la importancia de ayudarse mutuamente, pero también hay una lectura vinculada a la necesidad de no ignorar lo que pasa en el mundo. En un momento, los ravers apagan la radio para no escuchar noticias sobre la guerra, y se puede interpretar tanto como que ese espíritu hedonista les termina mordiendo la cola, o que su postura es la correcta.

Marruecos era una fiesta (electrónica)

1-Sirat_©QuimVives_Web

En lo que si no hay debate ni dudas en el caso de Sirat es en que, aunque narrativamente es implacable, técnicamente es una película impecable. Con escenas memorables como los momentos de fiesta, con los bailarines rodeados de muros de sonido y de piedra, o los recorridos de los camiones por barrancos, dunas y montañas, en paseos tan dignos de Mad Max como de la película Sorcerer (o El salario del miedo), Laxe y su equipo construyen una puesta en escena tan inmensa como conmovedora, que acompañan a un guion donde la tensión, de alguna manera u otra, es constante.

La música retumba en el pecho, los acantilados se nos vienen encima: Sirat es una experiencia cinematográfica en toda regla y una experiencia sensorial que es difícil que deje impávido a quien se enfrente a ella.

No exenta de discusiones, no solo por su narrativa polarizante sino también por el trasfondo político del territorio donde se ambienta (el territorio del Sahara occidental, excolonia española que ahora es reclamada por Marruecos como propia mientras que los locatarios reclaman su independencia), Sirat es una de las opciones más intrigantes del cine de esta temporada de premios, un ejercicio de tensión y un despliegue cinematográfico digno de ser atravesado.

Temas:

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