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5 de mayo 2024 - 20:55hs

Hay que meterse en las entrañas verdes de las ciudades para entender algunos contrastes: el ruido y la furia del asfalto, el colchón amortiguador de los árboles. En cualquier capital mundial que se precie de tal, los grandes pulmones verdes juegan un rol fundamental. Sin ellos, la vida sería algo más enroscado, una existencia más furiosa, enfermiza y asfixiada.

¿Podría existir Nueva York sin el Central Park, Londres sin el Hyde Park, París sin los Jardines de Luxemburgo o Ciudad de México sin Chapultepec? No. O sí. Pero cambiarían su matriz. Serían grandes extensiones de pavimento, kilómetros de vías congestionadas, un paisaje que, a vuelo de pájaro, devolvería la ilusión un cuerpo inerte de cemento que se pierde en el horizonte.

Montevideo no será una de las grandes capitales del mundo, pero responde a necesidades similares: quienes la vivimos también dependemos de sus espacios verdes. Y, en ese sentido, los tiene y repartidos por toda la ciudad. Los parques Rodó, Batlle, Rivera, Vaz Ferreira, Lecoq, el Prado, Punta Yeguas y otros más pequeños forman parte de una red de espacios públicos que empezó a gestarse a fines del siglo XIX y principios del XX, y que responde a lo que la sociedad de esa época pedía en términos de esparcimiento al aire libre.

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Hoy, las necesidades son otras y los reclamos también. De hecho, en los últimos días la discusión por el espacio verde montevideano recuperó un tema que de vez en cuando vuelve al frente: la concesión al Club de Golf de Montevideo del predio del Parque de las Instrucciones del año XIII, que comenzó en 1934 y que se renovará automáticamente hasta 2036 dentro de dos años por disposición departamental.

Ese enclave de la ciudad, que ocupa 39 hectáreas frente al Río de la Plata y que originalmente se planeó como un ensanche del parque urbano que ya planteaba el Parque Rodó, puede actualmente ser visitado los domingos y bajo determinadas reglas estipuladas por el club que lo mantiene, pero el resto de los días está vedado al público. Y es ante eso que la idea de recuperarlo como espacio público abierto va y viene en el tiempo, a veces con más potencia y argumentos, otras veces a fuerza de impulsos aislados.

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En este caso, la discusión se instaló a partir del artículo La continuidad de los parques, publicado en la web Razones y Personas por Santiago López Cariboni. Allí se hace un repaso de la historia del Golf y se valoriza lo que significaría su reconversión en un pulmón verde abierto a todos los montevideanos. Se puede leer, por ejemplo, lo siguiente:

“Se trata de un parque extremadamente céntrico en la zona más cara de la ciudad y cuyo uso está capturado por unos pocos cientos de personas, que en cambio podría ser aprovechado por más de 600,000 montevideanos, que por tanto no sería en beneficio de la clase alta que reside en sus alrededores sino también del resto de los ciudadanos que viven en barrios del centro y periferia de la ciudad, (...) que la recaudación que genera la concesión es minúscula en relación al presupuesto de la Intendencia, que la explotación de actividades gastronómicas, culturales e incluso edilicias en un nuevo parque público puede cubrir ampliamente los costos de su mantenimiento, que el cierre del campo de golf no impide la permanencia de una nueva concesión para el club social del CGU donde 3,400 socios hacen otros deportes sin necesidad del uso exclusivo del parque, que en tal escenario el canon que ya paga el CGU podría mantenerse porque es casi idéntico al de otros clubes que igualmente instalados en un predio municipal no ostentan la captura de un parque de esas dimensiones (ejemplo, Club Biguá), (...) que esta política está en línea con otros cierres de campos de golf y consecuente apertura de parques públicos en ciudades de todo el mundo, que la literatura científica documenta ampliamente los beneficios sociales de la ampliación de la oferta y acceso a parques públicos”.

La concesión al Club de Golf tiene, como se enumera, varias particularidades que lo hacen un caso de estudio y, al menos, varias aristas que podrían indicar que efectivamente “recuperar” el espacio sería un cambio radical en la oferta verde de Montevideo. Pero lo cierto es que eso no pasará, al menos no hasta dentro de doce años.

Entonces, ¿dónde nos deja la discusión? Para empezar, en un momento en el que el vínculo entre los montevideanos y sus espacios públicos se sigue pensando. O que debería estar siendo repensado. ¿Los parques que tenemos responden a las necesidades del individuo del 2024? ¿Cuáles serían esas necesidades? ¿Qué hacemos con nuestros pulmones?

¿Son suficientes para respirar en esta ciudad?

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El trazo histórico del Montevideo verde

El origen de las principales áreas verdes montevideanas está muy claro. Alberto Leira, arquitecto especialista en Patrimonio, lo establece así:

“Los grandes parques de Montevideo se generaron a fines del siglo XIX y principios del XX con un afán higienista de servicio a la población, y en un momento de franca expansión de la ciudad. Con los parques de alguna manera se le ganó a la especulación inmobiliaria, a los nuevos fraccionamientos.”

Por su parte, Lorena Logiuratto, profesora e investigadora de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU), e integrante del Instituto de Estudios Territoriales y Urbanos de esa institución, suma lo siguiente:

“Estos parques aparecen en general promovidos por la política batllista, pero hay acuerdos y un viento de época que los incorpora. Es un momento también de coincidencias, porque en buena medida los terrenos que se consiguen para estos espacios llegan por donaciones de herederos de chacras gigantescas, o por situaciones como la quiebra del Banco Nacional de Reus, que dio los primeros terrenos para el Parque Rodó, o el abandono de José Buschental de sus terrenos en el Prado. Son circunstancias que se dan todas a la vez y eso no lo vimos nunca más. Por otro lado, cuaja con una política de espacios públicos que viene de los franceses, que ya decían que la calidad de una ciudad dependía de sus parques.”

Más de cien años después de aquella gestación de la red de espacios públicos, las cosas han cambiado. Hoy lo que pide el usuario del siglo XXI y las ciudades de esta época corre por otros carriles, aunque los parques —que en su mayoría están declarados Monumento Histórico Nacional y están protegidos por la Comisión de Patrimonio de la Nación—, en más de un sentido, se han quedado en el tiempo.

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Al arquitecto y especialista en urbanismo Diego Capandeguy, por ejemplo, decir en una entrevista con El Observador en 2018 que la oferta de espacios públicos en Montevideo estaba envejecida le costó varias llamadas en las que le preguntaron qué quería decir con eso. O en las que, directamente, se lo negaron. Seis años después, Capandeguy reconoce que se han generado cambios, aunque las señales de aquella vejez permanecen en algunos rincones.

“Es un fenómeno internacional”, asegura. “Los espacios públicos van cambiando y también cambian las expectativas, el comportamiento de los ciudadanos y los habitantes respecto a ellos. El concepto de envejecimiento tiene que ver con prácticas sociales distintas. Por ejemplo, si bien en un momento en el Prado podías tener espacios con calidades básicas, hoy podés decir que están envejecidos. O el Parque Battle, para determinados segmentos de la sociedad, sobre todo los más jóvenes, no tiene la pregnancia que debería tener. Eso refleja cambios culturales”.

Capandeguy separa a los espacios públicos en varias categorías, o al menos los divide por su carácter. Hay, dice, espacios más vecinales, otros más domésticos, y luego están aquellos que tienen escala de ciudad: las grandes extensiones verdes. Y no deja pasar, también, que la calle forma parte de esa lista. ¿En qué sentido, entonces, nuestra relación con estos lugares ha cambiado en las últimas décadas? ¿Y cómo se refleja eso en nuestros parques?

“Hoy hay una demanda de estrategias de entretenimiento y equipamiento creciente en la sociedad. En los últimos cinco años, la ciudad ha adoptado packs de juegos infantiles mucho más amables y seguros, por ejemplo. También hay un estudio de los circuitos verdes más detallado, han habido intervenciones muy destacadas en varios espacios públicos. También se da la paradoja de que muchos de los espacios públicos exitosos en distintos barrios son los que están semi cerrados, protegidos, aquellos que te abrazan. La plaza Casavalle, en ese sentido, es una operación extraordinaria que se hizo hace unos diez años”, establece.

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Logiuratto, por otro lado, nota que las discusiones sobre la forma en la que la ciudad debe repensar sus espacios verdes está instalada en términos académicos y círculos interesados, pero todavía cuesta implementarla en términos reales a nivel gubernamental. Establece, por ejemplo, que la idea de Montevideo ciudad verde debería dejar de ser un eslogan y pasar a los hechos.

“En las agendas urbanas el tema está en primer lugar, pero es un espacio de mucho tanteo y pautado por rankings de las ciudades más verdes o los medidores ambientales. Y todo esto está medido en una pulseada con el desarrollo inmobiliario. Entonces, no es que no esté sobre la mesa, pero no hay una apuesta clara. Tenemos la obsesión de etiquetar todo como verde, y Montevideo está en ese plan, pero todo tiene que ver más con la retórica y lo performático. En términos culturales de cuáles y cómo deberían ser los espacios de ocio de estos tiempos, el tema sigue en las facultades, los urbanistas y grupos de militancia urbana, pero en la agendas públicas no termina de permear con fuerza”, asegura.

La fuerza del auto

Para Leira, hay ciertos pulmones verdes de la ciudad que tienen un enemigo muy claro a la hora de incorporarse con más presencia a la vida de los montevideanos. O si se quiere evitar una palabra tan antipática, funciona como una suerte de obstáculo que, de paso, ejerce mucha presión a la hora de pelear por su lugar en la ciudad: el auto.

El caso más paradigmático es el Parque Battle. Cruzado por sendas avenidas, y dedicado en buena parte a distintos edificios deportivos que reducen su área verde —las canchas de Miramar Misiones y Central Español, el Club de Tiro, el Centenario, el Velódromo, la pista de Atletismo—, Leira está convencido de que si no tuviera la circulación vehicular que tiene en su interior, y con una reformulación de ese espacio en terreno “transitable”, el lugar de ese pulmón en el imaginario colectivo sería otro.

Asegura, además, que el proyecto de reformulación del estadio Centenario para el Mundial 2030 es una buena oportunidad para mejorar toda el área del parque.

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“Si en un parque permitís circulación vehicular por todos lados, lo que hacés es cortar la comunicación natural del espacio verde. ¿Qué pasaría si entierran en forma de túneles las vías que pasan allí, entre la Ámsterdam y las canchas de Miramar? ¿Cuánto gano de espacio verde para recorrer de forma continua?”, se pregunta.

“La ciudad tiene que tratar de reconectarse un poco más a través de los peatones en esas barreras que se fueron generando por los autos. El tránsito es de los lugares donde más problemas de convivencia tenemos, y el espacio público debería ser lo contrario. Es el lugar más democrático”, agrega.

Capandeguy también considera el crecimiento exponencial del parque automotor de la ciudad como un tema a considerar a la hora de pensar la relación entre las personas y la ciudad: “Quienes somos muy caminadores y usamos el transporte público de la ciudad, realmente vemos que la ciudad está trancada con vehículos que parecen estar fuera de escala, sistema de ordenamiento de tránsito absurdos, congestiones en un centro que se está vaciando cada vez más”.

En esta línea, Leira trae a colación una de las teorías que en los últimos años más ha prendido en el urbanismo internacional: la de la ciudad de 15 minutos, que propone que la planta urbana debería proveer a los habitantes todos los servicios necesarios a esa distancia a pie.

“Sería realmente repensar el urbanismo a partir de cómo vivimos”, asegura.

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Menos pintoresquismo y concreto, más verde incorporado

Al margen de los reclamos por el Parque de las Instrucciones del año XIII y de lo transformador que sería que de repente esas 39 hectáreas pasaran a ser de disfrute público, se puede decir que Montevideo es una ciudad que no le da la espalda a la naturaleza y que da ciertas oportunidades a sus habitantes para respirar. De todos modos, quedó claro que su relación con estos entornos ha cambiado y que hoy se le pide más, no solo la posibilidad de un paseo más o menos revitalizador. Entonces, ¿qué es un parque hoy en la ciudad del siglo XXI?

Para Logiuratto, se trata de pensar el verde urbano no solo en clave estética o pintoresquista, sino también productiva. Y sobre todo, que ya no haya fronteras: que arterias y pulmón sean una sola cosa.

Tiene que ver con repensar toda la ciudad en clave verde y ya no tener la polarización del parque como episodio, separado de la trama donde se vive. También aparecen otras fantasías de desmonte de los cementos, porque en buena medida pensar los parques hoy es pensar en las relaciones entre ciudad y naturaleza, la construcción de naturaleza en clave urbana. Mucho pasa por el imaginario de cuáles son los espacios comunes asociados a la naturaleza en la contemporaneidad, y eso es difícil porque vivimos en un mundo donde lo natural como categoría se vuelve cada vez más sintético y más difícil de pensarlo como contrapunto a lo urbano”, explica.

Para Capandeguy, Montevideo tiene “atributos desde el arbolado y los espacios verdes intensos” pero una matriz de espacios públicos que sigue con temas abiertos.

“Algunos espacios se han visto rejuvenecidos, otros están en situaciones raras, como el Parque Rodó, que tiene una matriz del siglo XX, pintoresquista, con un área de juegos envejecida, la ocupación de la cancha de Defensor, su relación con edificios universitarios, además de que está algo quedado en el tiempo”.

En esa línea, el arquitecto destaca, y también lo hacen Leira y Logiuratto, a la Rambla como un espacio público tan o más relevante que los parques. De hecho, él la menciona como “el parque que no es parque”.

“La rambla de Montevideo es un parque que no es parque, pero es el gran parque de la ciudad. Tiene una pregnancia en la memoria colectiva extraordinaria. Es la pieza más distintiva de la ciudad”.

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“La rambla es uno de los valores más altos que tenemos como espacio público, con una característica de relación con el río. ¿No estamos en condiciones de parquizar más de esta forma, y recuperar áreas que están olvidadas como el arroyo Pantanoso?”, se pregunta por su parte Leira, y suma también el caso de la recuperación de las orillas del Miguelete como ejemplo.

Logiuratto, en tanto, menciona el caso del parque de Punta Yeguas, en el oeste del departamento, como un ejercicio interesante de cogestión entre la comuna y los vecinos que ha dado resultados positivos.

El espacio público está en discusión y el lugar que los pulmones verdes de la ciudad ocupan en ese debate es primordial. De todos modos, Capandeguy recuerda que el tema convive con otros acaso más acuciantes, o que en definitiva también llevan a que el aprovechamiento total de los parques y áreas similares se mantenga en estado de suspensión.

“Si el espacio público es lo público por excelencia, el garante es el Estado nacional y departamental. Y creo que el problema ahí, como está pasando en Rosario, en Quito y otras ciudades de la región, es la dificultad que está teniendo la sociedad para lograr ciertos pactos de convivencia en estos lugares. Porque entonces ahí es cuando empiezan a aparecer las zonas rojas, los horarios con restricción y demás. Y ese es el gran problema de la ciudad hoy. En ese contexto, el Club de Golf me parece un tema menor.”

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