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La carrera que inmortalizó a Isabelino Gradín

El velocista, que alternó en pistas y canchas, dejó su marca en el Latinoamericano de Río de 1922; en fútbol fue campeón Sudamericano con la celeste y del Uruguayo con Peñarol

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28 de julio de 2020 a las 05:03

Eran tiempos en los que Dublín, Uruguay Onward, Belgrano, Liverpool, Central, Nacional, Peñarol, Wanderers y Rampla Junios animaban el torneo de Primera división de fútbol. Época en la que los diarios solo publicaban ocho páginas por edición, que ilustraban con dibujos y contadas fotografías. Eran los tiempos en los que la tecnología aplicada al atletismo quedaba reducida a simples relojes manuales que podían registrar precariamente las décimas de segundos... pero fue el período dorado del deporte uruguayo, en el que el atletismo tuvo en las pistas a Isabelino Gradín, uno de los más grandes de todos los tiempos.

Gradín nació en Montevideo el 8 de junio de 1894. Creció en la Ciudad Vieja, en donde desde pequeño sorprendió por sus condiciones atléticas, que lo hicieron parecer diferente al resto. Desarrolló diversas actividades y en todas con buen suceso, porque fue medalla de oro y récordman nacional y Sudamericano en 200 metros, 400 m y 4x400 m, y en fútbol campeón Uruguayo con Peñarol y Sudamericano con la selección.

Fue en la Plaza de Deportes Nº 1, que dirigía el profesor Primo Gianotti –uno de los referentes para las grandes glorias del deporte de comienzos del siglo XX–, donde dio sus primeros pasos y se inició en la práctica del atletismo.

El Latinoamericano

A lo largo de su carrera Gradín recogió muchos éxitos, pero la primera edición de los Juegos Latinoamericanos –que se desarrolló en setiembre de 1922 en Río de Janeiro, con motivo del primer centenario de fundación de Brasil– mostró al atleta en su máxima expresión. En el estadio del Club Fluminense de Río, batió el 12 de setiembre por tercera vez el récord Sudamericano de 400 metros con 50”6. Batir un récord no revestía la importancia de la actualidad, pero resaltaba las virtudes de los mejores. “El notable atleta Isabelino Gradín, en una notable performance que superó los cálculos más optimistas acerca de sus bondades se clasificó vencedor...”, publicó el diario El País al día siguiente, y en el mismo artículo agregó: “Gradín con su performance de ayer volvió a demostrar que es imbatible”.

Faltaba más en ese Latinoamericano. Lo mejor estaba para venir. El 13 de setiembre no fue otra tarde de récords para Gradín, pero sí de uno de los acontecimientos deportivos que le marcaron para siempre por la vigencia histórica que tuvo a través de las generaciones. En la posta 4x400 metros que corrieron Uruguay, Argentina, Brasil y Chile la celeste estuvo representada por Mario Herrera, Ribas, Raúl Olivera Calamet y Gradín, en ese orden. Herrera quedó atrás y en desventaja se hizo la primera entrega de posta en el andarivel de los uruguayos que siguieron perdiendo terreno con Ribas. Entonces llegó el turno de Olivera Calamet, al que Gradín le dijo por lo bajo, mientras ambos contemplaban las posiciones relativas de los rivales: “Tenemos que dejar el resto”. Cumplió Olivera Calamet con un carretón. Consiguió dos cosas importantes. Achicó ventajas, entregó el bastón al negro zurdo justo cuando este lograba su mejor ritmo de carrera y con la entrega, en fin, lo comprometía a dejar el resto el resto no solamente por el decoro deportivo que ya estaba a salvo, sino por la esperanza de caer luchando cabeza a cabeza con el fenómeno argentino Pozzi.

“Gradín no se resignaba a que Uruguay perdiera por más de 20 metros, o echando el resto perdería por 15 según decía a gritos la lógica”, escribió años después en El Diario, Héctor López Reboledo. “Pero, ¿qué es lógica, sino una enfermedad deportiva? Gradín le dio un beso breve a una pequeña botella, vio pasar al argentino Pozzi con aire –y hasta con derecho– de vencedor y se repitió para sí mismo la frase que le había dicho a Olivera y que a su turno equivalía a decir: O gano, o gano. Y comenzó a correr. Y avanzó el negro del Uruguay. Presintió que Pozzi, su objetivo, corría como puntero, sin el estímulo del riesgo y recibió la sensación de que se estaba aproximando, que abreviaba la distancia y cuando se hizo visible la aproximación, escuchó un murmullo extraño, de asombro, que luego identificó como el murmullo popular en su apoyo. Más adelante parecían sumarse los exitistas de siempre. Oyó después su nombre y el de su país.

La lógica abandonó. Gradín no podía defraudar al público de todo un estadio que reclamaba el milagro de la victoria uruguaya y se proponía vencer a esa resignada actitud llamada lógica. Ya no podía defraudar porque se lo decía la proporción en que descontaba ventajas inexorablemente. Cuando hizo la última curva –su especialidad–, adquirió la seguridad de que la lógica era el milagro y en mitad de la recta había alcanzado un objetivo llamado Pozzi que luchaba sin ritmo y a destiempo para prácticamente renunciar a la desigual pelea.

En torno al fuego de la elipse, el murmullo precursor del milagro se quebraba en mil aullidos de triunfo, de gritos de protesta, y de lo más grave, la participación del público invadiendo las pistas, dislocando la organización, pisoteando jerarquías deportivas y administrativas para satisfacer el deseo de alcanzar a tocar al negro uruguayo que no parecía de veras. Los más insensatos, creían además que quien había hecho el milagro había sido el fanatismo del público confundiendo la relación de causa-efecto.

También así lo creyeron algunos adversarios. Hubo protestas, naturalmente. El episodio tenía tanto de insólito como para justificar cualquier tipo de protesta y la carrera fue anulada. Pero la delegación Argentina dejó expresa e inmediatamente constancia de que si se privaba a Uruguay del triunfo de Gradín, la delegación de Argentina se retiraba automáticamente de los Juegos Latinoamericanos”, destacó López Reboledo. Uruguay ganó la posta 4x400 m y Gradín quedó inmortalizado en esa carrera.

Transformó en oro lo que tocó

El costado más famoso de Gradín fue el fútbol. Debutó en Peñarol en 1916 en la goleada 6-0 sobre Universal. Fue campeón Uruguayo en 1918 y 1921, año en el que se desvinculó de los aurinegros por diferencias con los dirigentes. Fue cofundador de Olimpia en fútbol, el 13 de marzo de 1922, y regresó para cerrar su carrera entre 1926 y 1929. Con la selección debutó en 1916 y fue campeón Sudamericano. No asistió a los Juegos Olímpicos de 1924, aunque tenía un lugar en ese equipo, debido al cisma del fútbol y quedó alineado fuera de la AUF. En 1928 rehusó a su nominación para Colombes y abandonó para siempre la selección. Gradín falleció a los 50 años el 21 de diciembre de 1944.

* Este artículo formó parte de la serie "Campañas" que semanalmente, entre el 27 de marzo de 2006 y 1° de marzo 2010, publicó El Observador en su edición impresa y que en estos tiempos de encierro permitirán recordar las mejores actuaciones de equipos e individuales en todos los deportes en Uruguay

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